El lunes por la mañana me leí la “Perseverancia de Ana”, un libro que tiene por subtítulo un en absoluto ambicioso “El libro universal por los valores humanos que transmite”.

Me lo leí de una sentada. Buscando esa universalidad de valores.

Noten ustedes la ironía, por favor.

El libro no transmite ningún valor. Lo intenta, es cierto, pero no lo consigue. En ese sentido, se podría decir que es un planteamiento honesto y bienintencionado, pero  funesto, porque los autores desconocen la diferencia, nada sutil, que existe entre valores e ideales y lo que consiguen es, precisamente, lo contrario de lo que se proponen.

Esto es un problema muy extendido. La paz, por ejemplo, no es un valor. Es un ideal. Podemos aspirar a ella, pero no construye. La paciencia es un valor.

Para educar a nuestros hijos en la paz hay que llevarlos a Bolivia.

La cita de Cormac McCarthy en “Meridiano de sangre” se hace, pues, imprescindible. Me la habrán leído. No es la primera vez que la saco a relucir. Es brutal. Dice: ““Da igual lo que los hombres opinen de la guerra, dijo el juez. La guerra sigue. Es como preguntar lo que opinan de la piedra. La guerra siempre ha estado ahí. Antes de que el hombre existiera, la guerra ya le esperaba. El oficio supremo a la espera de su supremo artífice. Así era entonces y así será siempre. Así y de ninguna otra manera”.

Los valores se pueden ejercer: generosidad, respeto, tolerancia, honestidad, tenacidad, perseverancia… Estas cosas que la mayor parte de la población y, sobre todo, nuestros políticos desconocen en su esencia. Ni los de antes, ni los nuevos. No tienen ni puta idea de lo que es.

El respeto, por ejemplo, a las reglas de juego es un básico en democracia. Son una serie de normas que hacen que la historia funcione para todos y sin excluir a nadie (la igualdad no es un valor). Las reglas no las ha escrito Dios, ni son inmanentes ni perpetuas. Se pueden cambiar. Por supuesto. Es más: se deben revisar y cambiar regularmente, para adaptarlas a los nuevos tiempos y hay que hacerlo con perspectiva histórica para no repetir errores del pasado y, a ser posible, con el máximo acuerdo, intentando no dejar fuera a nadie. Lo mejor, es el consenso (que no es un valor), para lo que hay un valor que es la tolerancia, ese espacio de libertad que cedemos en beneficio de los demás.

Pero, mientras las normas sean las que son y no se cambien, hay que respetarlas.

Que muchas veces a los demócratas con pedigrí se les va la proeza de la postura en la sutileza de la acción: esta norma no me parece democrática, me la salto. No, amigo. Las normas aprobadas en el Parlamento se tienen que respetar. Si no, esto ya se convierte en Banania, todos hacemos lo que nos sale de los cojones y punto.

A mí, la próxima vez que llegue una multa de tráfico, la recurro argumentando que no estoy de acuerdo con ese límite de velocidad en ese tramo.

Durante nueve largos años fui portavoz de Fumadores por la Tolerancia, el único grupo de presión que ha defendido los derechos de los fumadores en España. Soy un profesional, que conste, pero la suerte que tenía es que no me hacía falta impostar el mensaje: cada palabra que decía era sentida y creída. Nosotros, a pesar de que muchos esperaban carnaza, rebelión contra tiranos, teníamos un sentido demócratico de las normas de juego. No como el gobierno que aprobó la ley  (pero no me quiero meter en esa historia): si la prohibición de fumar se aprobaba en el Congreso, trabajaríamos para cambiarla, pero abogaríamos por el respeto de la misma.

Yo decía eso, porque lo creo, pero después te das cuenta de que los representantes de la Soberanía Popular son incapaces de hacer un puto juramento tal y como está establecido en la norma. A ver, tronco, que eres diputado, que el reglamento te dice que la fórmula es “Juro acatar y defender la Constitución”, pues úsala. Y es legítimo que quieras cambiarla. Busca apoyos en la población, haz una propuesta, intenta consensuarla, tener el mayor respaldo para cambiarla. Y, por favor, ¡que no sea un cambio en contra de nadie!

Correcto, todo. ¡Los cambios son buenos! Pero respeta la norma que hay. Porque eso es la democracia: respetar las normas para cambiarlas. Sé que suena chungo, que las palabras solemnes muchas veces no parecen democráticas, pero de verdad que son más precisas y no dejan sitio a interpretaciones: democracia es el imperio de la ley.

Ya no soy portavoz de Fumadores por la Tolerancia. Le he dado distancia a esa etapa de mi vida. No me arrepiento de nada de lo que dije y sigo pensando igual, incluso en algunos aspectos, me he vuelto más radical: defiendo más el tabaco. Pero si nuestros políticos, todos, no son capaces de respetar las leyes que ellos mismos aprueban, por delegación nuestra, me van a disculpar, pero yo voy a empezar a pasarme por el forro la ley antibaco. Con respeto a los demás, como se ha hecho siempre: pido permiso para fumar y si el resto de los comensales me lo da, me enciendo mi puro y a la mierda con todo.

El viernes pasado fue así, en cierta forma, porque no nos saltamos ninguna ley en verdad. Estábamos en una terraza más o menos cubierta (en la frontera de la ley antitabaco), con calefactores y a gusto. A la hora de la cena, estaba aquello lleno. Había, incluso, alguna familia con niños y no fumamos que, manda narices, los niños se podían ir dentro.

Llegada cierta hora, yo tenía preparados dos Joya de Nicaragua Cuatro Cinco Petit Corona (114 mm x 46), uno para mí y otro para mi amigo Eduardo Mateos. Quedaban cuatro mesas, más la nuestra, ocupadas en la terraza, pero no había nadie fumando. Me levanté a hacer una encuesta. El resultado fue que todos me estaban esperando; todos estaban en la terraza para fumar; ¿y por qué coño no fumaban? ¿Qué especie de complejo nos han inoculado a los fumadores que ya ni en la terraza, en invierno, nos atrevemos a encendernos nuestro cigarro?

No sólo fumamos y disfrutamos de ese tremendo cigarro que es Joya Cuatro Cinco, que está impresionante de bueno, ¡es que la terraza se volvió a llenar de gente!

Y hasta jugamos un mus. Perdí, por cierto, pero esto me pasa por jugar con gente que dice que envida a “grandes”, que cuando corta no se lleva “la mierda para casa” y que me obliga a contar las piedras despacio y dos veces para enterarse del tanteo.

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