Fortalezas

Si existiera una manera canónica de fumar un cigarro, mi recomendación sería, siempre, ¡aléjate de quienes la predican! ¿Qué sabrán ellos?

Fumar un cigarro es una experiencia PERSONAL.

Un lugar sin ley en el que nada, nada, nada está escrito y ésa es la verdadera fortaleza: la del Desierto de los Tártaros.

Mi amigo Jesús Llano, estanquero de la calle Cardenal Cisneros (Madrid), premio Hombre Habano del Año al mejor establecimiento de habanos del mundo en el año… ¿en qué año? Bueno, en el año que fuera. Lo buscáis en Google.

[[ Permítanme la digresión: tanto buscar en Google las respuestas correctas, que es como mirar la solución del crucigrama, no sólo está acabando con las discusiones interminables en el bar, tan apasionadas y brillantes que eran, sino con expresiones castizas, centenariamente castellanas, que merece la pena conservar como “vale, la perra gorda pa’ti” o aquella otra, tan tiernamente contradictoria, ese oxímoron popular que afirma para negar, que dice: “sí, por mis cojones“. Google es un veneno. Está acabando con sus neuronas; las está convirtiendo en unas perezosas disfuncionales que ya no hacen por ustedes el ejercicio de recordar. Si siguen tirando de maquinita, su cerebro principal pasará de la cabeza al bolsillo (en el caso de los varones, cerca del cerebro secundario). ]]

Un consejo: pasen de Google. Discutan. Defiendan su posición. ¡Pidan otra Mahou! Google es el demonio.

Mi amigo Jesús Llano, decía, otra clase de íncubo al que adorar, “como se adora a un Dios ante su altar“, tiene un cliente de Cohiba Robusto que se come el cigarro. Lo masca, para ser exactos. No es una manera muy canónica de consumir esa joya cubana, pero el hombre lo disfruta así: se lo mete en la boca y lo va mordiendo y cortando hasta que se le acaba.

¿Quién se atreve a decirle que su manera de consumo no es la correcta?

Yo mismo mordisqueo la cabeza del cigarro y disfruto de la saliva impregnada de sabor a tabaco en las encías mientras lo fumo. Puede que tampoco sea muy ortodoxo, pero es mi placer.

La cuestión es que, en el camino del disfrute personal, podemos perdernos algo que el cigarro está esperando a enseñarnos. Eso sí puede pasar, pero, de nuevo, es opcional. Es como si uno tiene delante un plato de fabes pero pasa de comerse la morcilla.

¡LA MORCILLA! ¡Nada menos!

A mí me dan ganas de meterle una colleja, al más puro estilo Rajoy, a mi hijo cuando veo que desprecia ese néctar sanguino de los dioses y mientras esté bajo mi tutela, haré lo posible porque aprenda a disfrutar de la sagrada vianda. Pero una vez que sea adulto y, espero que no, tonto del culo, dará de lado a la morcilla y seguirá su línea, errada, comiendo las fabes a medias. Y será su opción.

En los falsos mitos de los cigarros en España, la morcilla de las fabes es la nariz. Pocos, muy pocos fumadores, en este país de entendidos, usan la nariz para fumar. Después les oyes hablar del cigarro y te dicen: “¡Es fuerte!” o “¡Es suave!” o, como en España la referencia ineludible es el Habano, “¡No tiene la fortaleza de un Habano!“.

Pero… ¿A qué Habano te refieres? A un Sancho Panza Belicoso o a un Montecristo Open Eagle? Porque hay Habanos fuertes y no tan fuertes. Y hasta los hay de suave a media fortaleza. Si no llevas el humo del cigarro a la parte de atrás de la boca y lo empujas, sin tragarlo, hacia arriba para expulsarlo por la nariz, no puedes saber la fortaleza real del cigarro. Es imposible. Aparte de que los aromas, de los que hablan los catadores, están todos en la nariz.

En la boca hay cuatro sabores. Cuatro: dulce, salado, amargo y ácido.

Según los japoneses, cinco.

Disfrutarás mucho, no lo dudo, y olé tus puros, cada cual a su manera y nada hay que añadir a eso. Y con el tubo, con o sin pilas, cada uno hace lo le viene en gana. ¡Libertad para los puros!

Pero te estás perdiendo la morcilla.

Dicen que para fumar un cigarro, todos los sentidos aportan algo (sobre todo, el sentido del humor, que es el fundamental). No estoy muy seguro de esa afirmación, pero para mi gusto el olfato sí es primordial. Yo no es que huela el cigarro: lo husmeo como un perdiguero. Antes de encenderlo, me lo meto en la napia por el pie (por el pie del cigarro, se entiende) porque ya me da mucha información de lo que me va a ofrecer la fumada; me froto la capa por la nariz (si acaso merece la pena por su aspecto, que a veces no); y, en cuanto lo prendo, la primera bocanada de humo me sale por las fosas nasales como a una locomotora del Salvaje Oeste.

Si no, como si fuera Drago en “El desierto de los Tártaros” de Dino Buzzati, me paso la fumada esperando a que suceda algo que nunca sucede.

Y no será culpa del cigarro. Ni de su procedencia.

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10 comentarios sobre “Fortalezas

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  1. Completamente de acuerdo con usted, señor Blanco (gran papel el suyo en Reservoir Dogs). La fortaleza del puro es, me parece a mí, un mito mal transcrito y peor entendido. Es una virtud,pero no una virtud indispensable; grandes cigarros sostienen su fumada por la suavidad y los matices que saben presentar.
    Abrazos
    Fdo. Lenny de Bruces, caído en desgracia

  2. El inciso sobre Google, desde luego, merece un artículo para él solo. Veo que te has quedado con ganas. Me alegra mucho verte de nuevo por un blog

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