Mens sana in corpore insepulto

Queridos amigos,

el nuevo imperio es la industria de la salud y su principal mercado, sus neuras. El afán por conseguir un cuerpo diez, como el de Diana, nos ha llevado a desterrar el ansia por alcanzar el Más Allá para llegar a un Más Acá sin esperanza: la misma fe sólo que la salvación se busca en este mundo. Creo poder garantizarles, sin confundirme demasiado, que ninguno de ustedes va a vivir un minuto más porque no se coman ese chuletón o porque se atiborren a soja: sólo harán que la riqueza se desplace del vacuno a la vacuna, de la granja al laboratorio.

Si no les he hablado antes de mi amigo Jesús Llano Muriel, no tengo perdón. Jesús disfruta, aún en la adversidad, llevado por un sentido de la vida epicúreo con un muy particular “collige, virgo, rosas“, un atrapa los días (que son sólo dos), que contagia felicidad a quien comparte mantel con él. Si yo tuviera terapeuta, me recetaría una comida a la semana con Jesús, subvencionada por la Seguridad Social porque produce mejoras indudables en mi salud mental, aunque cause un pequeño deterioro a mi salud física.

Leo a Michel Houellebecq por consejo simultáneo de Hormon Wells y de mi padre, y me encuentro con esta perla: “Juventud, belleza, fuerza; los criterios del amor físico son exactamente los mismos que los del nazismo“. Hay mucho de nazi en esa futura arcadia saludable. Que no les engañen. La salud pública es un abstracto insondable y carente de significado, una burda excusa para prohibir. La salud es un bien privado y su deber es administrar su propio bienestar para llegar a la tumba habiendo vivido con calidad. Es absurdo querer morir con una salud de hierro y es desconsiderado: demasiado peso para los porteadores de su ataúd.

Quien me conoce sabe que no soy amigo de excesos, pero los prefiero a las escaseces, sobre todo si la estrechez me es impuesta, porque me gusta ser administrador de mis placeres y no permito que ningún poder, ni político, ni mediático, me prive de la sal de la vida.

Con nuestra pasta, la farmacopea pública sólo financia raciones de vida emblistada y de colores para ganancia de una industria salvaje. En beneficio de mi salud, por el artículo 43 de la Constitución Española, exijo al Estado que me pague una comida a la semana con Jesús, con su ronsito o su Bombay y un puro para terminar entre risas. ¿Pueden imaginar ustedes algo más saludable? Háganme ustedes caso: su salud es suya, reclámensela al Estado, olvídense del “mens sana in corpore sano” que les esclaviza, una mente sana sólo puede habitar en un cuerpo vivo. ¿Que usted considera que se enfrenta al día con otro talante si echa un polvete mañanero con su dueño o dueña?… ¡Exija receta! Una semana de vacaciones en un todo incluido del caribe, tocándose el huevo, es mejor que veinte cajas de Prozac… ¡Exija receta!; una botella de vino en buena compañía, mucho mejor que veinte tomas de Sintrom (ni son)… ¡exija receta!; un culo como el de Diana, mejor que veinte Viagras… ¡exija receta (pero pida permiso antes)!

Anoche, en Laundromat, Diana llevaba una mirilla telescópica dibujada en ese culo que se movía de izquierda a derecha, como la mar inquieta, trasladando su vaivén rockero a los agitados ojos de los presentes, que iban de un lado a otro como en un partido de tenis entre la lujuria y la timidez. Durdi era un dardo que sintió envidia porque a mí se me atascó la cremallera y las manos blancas de Diana Cazadora no fueron diestras, sino zurdas, y no hubo manera de pasar el aprieto. En el mismo empeño de desatascarla fracasó Gonzalo Medina, por lo que, al final, me llevé a casa la cazadora… Quiero decir, el anorak… con la cremallera rota. ¡A otro perro con ese Acteón!

X. Bea-Murguía

Perdonen las licencias. Ayer me di cuenta de lo bien que casaban todas estas palabras y por eso lo he escrito. El blog no es la vida real, pero se nutre de ella. Manolo, felicidades. ¡34 años con ese cuerpazo y que te quiten lo disfrutado!

(Publicado en Wells & Bea-Murguía hace 10 años)
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