La encuesta de enero

Queridos amigos,

quédense con esta sentencia: hoy nos rigen las encuestas. Dios me libre de meterme con esta ciencia que hace creíble la inexactitud, de este barómetro de lo social que acepta el error como posible (ya podrían hacer el mismo ejercicio de humildad la medicina, la quiromancia y la vitolfilia), pero el uso que se hace de sus resultados es de risa. Se puede aplicar a las encuestas lo que se decía de la droga, que es muy buena, que lo malo son los yonquis.

Una encuesta y su estadística jamás pueden demostrar una relación causa-efecto, sino tendencia, proclividad, frecuencia, pero, a menudo, son usadas como instrumento comercial o como medio de influencia, gracias al eco de la prensa (¡esos malditos pájaros del Estínfalo!), con la pretensión de ser prueba de una relación etiológica entre el sujeto origen y el fenómeno estudio. Si preguntáramos en la calle, por ejemplo, por el descubridor de América, el resultado sería: Cristóbal Colón, 60%; Eric el Rojo, 30%; Astérix y Obélix, 5%; George W. Bush, 3%; comodín del público, 1%; NS/NC, 1%. Un sociólogo diría que el 10% de la población es iletrada (y el 3%, idiota); un médico que Colón tiene el doble de posibilidades de haber descubierto América que Eric el Rojo y veinte veces más que Bush, pero un político diría: “nosotros estamos a favor de Colón como descubridor de América y las encuestas así nos lo demuestran“.

¿Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que ya que el 100% de los que nacen, mueren, el nacimiento es la primera causa de muerte? No me tachen de retorcido, por favor, al menos háganlo de uno en uno, pero este es el uso que se da normalmente a las encuestas. Diga su fin, que siempre habrá una empresa que le monte un sondeo. ¿Que usted es un multinacional de la belleza y quiere empezar a explotar el mercado masculino para someter a los hombres a la misma esclavitud cosmética autoimpuesta por las mujeres? Me saca al Beckham en liguero (eso no es de homosexuales, sino de modernos) y pregunta en la calle a los hombres: usted prefiere: a) embadurnarse cada noche con crema facial con lipopollas; b) que le muerda un perro los cojones; c) pasar una noche atado a la cama con Marujita Díaz en la habitación; d) que el encuestador le meta un puño por el culo… Siempre habrá un gerontófilo que prefiera la c (o un encuestófilo que la d), pero con esta ciencia hecha la pregunta-dicha la respuesta me temo que el resultado será que el hombre actual se pone crema para dormir.

Además, las encuestas no tienen en consideración la predisposición del encuestado, que siempre tratará de quedar bien con sus respuestas. Si, sigamos con casos hipotéticos, se pregunta a la gente si cede su sitio en el metro a las personas mayores, embarazadas e impedidos, ¿alguien duda de que el resultado será aplastante? Pero luego sabemos que eso no es verdad. Si, encima, la tía que te hace las preguntas está buena, no digo nada.

— “Según la estadística, los hombres con el pene más largo son de procedencia almogávar y los que tiene más potencia sexual, tienen raíces árabes. ¿Cómo se llama usted?
Alibabá Benicarló“.

Sin duda, las estadísticas más alarmante son las que usa la ciencia médica: la epidemiología. Ante la imposibilidad de demostrar el origen de ciertas enfermedades, el epidemiólogo estudia los hábitos de las personas para buscar, en ellos, una causa. El problema es que el universo es infinito y las estrellas incontables y por eso, por muy seria que sea la epidemiología, jamás encontrará causa-efecto, sólo frecuencia y proclividad, insisto. Estos datos en manos indeseables, con el debido eco mediático, pueden alcanzar niveles de surrealismo dignos de Buñuel en “El discreto encanto de la burguesía“. Y cuando, encima, se elevan los resultados a verdad irrefutable y va de boca en boca como la nueva religión, pasa como cuando los curas decían que el onanismo dejaba ciego. A ver quién es el Satanás que lo niega.

Con la confianza en que, con el tiempo, las grandes verdades de hoy caerán en el futuro por sus pequeñas mentiras, como los grandes diques ceden por diminutas grietas en su estructura, les dejo por hoy con estas alarmantes estadísticas que me llegan del otro lado del Atlántico (lo entrecomillo porque no es mío, aunque comparto su espíritu):

Número de médicos en EEUU: 700.000.
Muertes al año por negligencia médica: 120.000.
Media de muertos por médico: 0’171
(Fuente: Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos).

Número de propietarios de armas de fuego en EEUU: 80 millones.
Muertes al año por accidentes causados por propietarios de armas de fuego: 1.500
Media de muertos por cada propietario de armas de fuego: 0’0000188
(Fuente: Benton County News Tribune, 17 de noviembre de 1999).

Conclusión:
Estadísticamente, los médicos son aproximadamente 9.000 veces más peligrosos que los propietarios de armas de fuego. Recuerde que no todo el mundo tiene una pistola pero todo el mundo tiene al menos un doctor. Alerte a sus amigos de esta amenaza alarmante. Debemos prohibir los médicos antes de que las cosas se nos vayan de las manos“.

X. Bea-Murguía

(Publicado en Wells & Bea-Murguía en enero de 2006).
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2 comentarios sobre “La encuesta de enero

Agrega el tuyo

  1. Estimado señor Blanco:
    Es usted incorrecto, incorregible, incandescente, inclasificable, irreductible, inenarrable, inmisericorde.
    En suma, inteligente a más no poder y bastante inolvidable.

    Fdo.. Inocencio Inchausti, imberbe

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