Hiponcondría no, aprensión sí

Recientemente he tenido un capítulo médico, nada preocupante, por un dolor en el pecho que me inquieta, sobre todo porque es constante desde hace más de un mes. Tuve una taquicardia jugando al squash y, desde entonces, no sé si relacionado o no con aquello, me duele la tetilla izquierda, a la altura del corazón. Como soy bastante aprensivo, llevo un mes pensando en que estoy infartado.

En contra de mi voluntad (los aprensivos somos así: nos gusta morir lentamente rodeados de la incomprensión de nuestros seres queridos), fui al médico el martes pasado y le conté a la doctora lo que me pasaba. Los médicos siempre te animan a esforzarte en la exactitud de la descripción cuando te preguntan cómo es el dolor. Lo piensas bien, tú que eres una persona leída, antes de decir las palabras exactas que definen tu sufrimiento:

— “Jodido, doctora, es un dolor jodido“.
— “No… Pero… ¿Es constante? ¿Es agudo? ¿Es plano? ¿Es penetrante?“.

¿Cómo coño describir un dolor? Me imagino a Alejandro Sanz en el médico describiendo un dolor de estómago: “¡Tengo el bazo partío! Laralará“.

Después de la descripción de mi dolor pectoral, que estoy convencido de que no sirvió de nada a la doctora para precisar un diagnóstico, descartamos el infarto de miocardio, aunque yo tenía todos los síntomas.

— “Soy bastante aprensivo, ¿sabía usted?“, le dije a la doctora.
— “¿Aprensivo?“, me respondió. “¿Lleva usted un mes con un dolor en el pecho y me dice que es aprensivo? No, hombre, no. Si usted fuera aprensivo, habría venido el segundo día. Y encima con un dolor en el pecho, que es lo que más asusta“.

Como ya no soy el que era, lo dejé ahí, pero me quedé con ganas de explicarle la diferencia entre hipocondríaco y aprensivo. El hipocondríaco va al médico para confirmar su autodiagnóstico y con la certeza de que se va a morir, mientras que los aprensivos, como yo, tenemos un dolor de dedo y pensamos que es cáncer de uña, lo que no nos mueve en absoluto a ir al médico, por miedo a que nos confirme que nos quedan unos días de vida. Es como el meapilas y el beato, que parece lo mismo pero no lo es. El meapilas, como el hipocondríaco, es más teatrero, le gusta más el show. Los aprensivos y beatos somos más espirituales: la procesión va por dentro.

Al final me hicieron un “electro” que es una cosa muy bonita y que a mí me gusta mucho porque, por fin, establece ese clima de intimidad e intimidación tan excitante entre el personal sanitario femenino y el paciente. Vino una enfermera guapa, entramos solos en una dependencia, se soltó la coleta, hizo saltar los botones de mi camisa tirando con fuerza, me tumbó en una camilla, se puso un clavel rojo en la boca, me embadurnó de alcohol (98º), me puso unas pinzas en muñecas y tobillos (que pensé que me estaba atando ¡yuhu!), me llenó el pecho de ventosas y cuando estaba a punto de decirle a la chica: “Contrólese que soy un hombre casado“, ella empezó a tirar de un rollo de papel y a leer unas rayas que parecen el perfil de los Pirineos pero que, en verdad, son un resumen de mi actividad cardíaca. Siempre he tenido alma de montañero.

— “¿Dice eso cuánto me queda de vida?“, le dije porque soy un enrollado que con todo bromea.

Después me tomó la tensión (la arterial) y como la tengo alta (la tensión), me preguntó que si me había puesto nervioso con el electrocardiograma.

— “¿Nervioso?“, respondí. “¡Que va!¡Que va!“.

Si ella supiera…

El diagnóstico fue desgarro muscular (en el pecho), tensión alta e hipertrofia de corazón, lo cual, como dijo la doctora, “en un hombre joven y atlético como usted, es normal“, conclusión a la que llegó a pesar de haberme visto la barriga mochilera que porto, porque juego al squash una vez por semana. Mi mujer todavía se está descojonando de esa frase de la doctora, pero a mí no me hace mucha gracia porque, como soy aprensivo, me hace dudar de su capacidad y vuelvo a pensar que lo mío es un infarto.

X. Bea-Murguía

(Publicado en Wells & Bea-Murguía en enero de 2006).
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