La capa de Eladio

Da gusto madrugar, coño. Ya lo dice Jesús Llano: “Al que madruga, Dios le apoya“.

Aún estaba saboreando mi café mañanero cuando me ha llegado un wassap de República Dominicana con una buena noticia.

Raúl Rodríguez de Alba, el director de La Cava de Cigarros, me trae un cigarro de parte de Eladio Díaz, master blender de Davidoff.

Alguien me lo ha chivado, no voy a decir nombres (soy un profesional), pero a estas horas todavía quedan algunos golfos apandadores rezagados de la cena de blanco del IX Procigar Festival dando vueltas por Santiago de los Caballeros y yo, mi madre bien lo sabe, siempre me he llevado con lo canalla, con lo crápula.

Aunque, como bien dice mi hija Ana, bajo este aspecto de irresistible latin lover, de aguerrido Rodolfo Valentino, hay un San José. Y dice eso porque ella desconoce la figura del Casto José.

San jose

Bueno, que algún pájaro andaba suelto. La cosa parece que va de Biblia, pero todos sabemos que “en casa de María de Magdala las malas compañias son las mejores“.

Eladio Díaz me regaló un cigarro en República Dominicana este verano con una capa achocolatada cuya grasa aún está adherida a mis dedos. De vez en cuando, acaricio despacio con la yema del dedo gordo las huellas dactilares del resto de mis dedos, como si fuera un italiano pidiendo dinero, y creo aún sentir el tacto terso, sensual, de aquella capa.

No sólo la olí, para notar la frescura amarga, herbácea, de su aroma, sino que me acaricié con el cigarro la punta de la nariz una y otra vez, como si estuviera buscando un adjetivo con qué definir el placer que prometía.

Estaba en el océano que separa el placer, de la duda y de la pena, porque fumar un cigarro como ese es una y no más. Tienes que almacenar las sensaciones y acordarte y sabes que fue  un rato exquisito, maravilloso cuando haces el ejercicio de memoria, tal y como estoy tratando de hacer yo ahora, pero el placer de fumarlo fue y ya no será. Los fumadores de cigarros sabemos eso muy bien: es lo que nos hace tardar en escoger, ante la bandeja del humidor, como un niño goloso delante de una bandeja de pasteles. ¿Qué cigarro me fumaré ahora y ya nunca más?

Con una capa como la de aquel cigarro que me brindó Eladio, regalado ceremoniosamente con dos manos y una inclinación, como si fuéramos dos samurais en la entrega de una catana, el placer de fumar comienza con la vista y el tacto. Y tanto sobé el cigarro, tantas vueltas le di de mano a mano, acariciando aquella preciosa capa, que Eladio me miró y me dijo con su voz profunda

Es un cuarto corte. – quizá esto merezca una entrada entera. O dos. Otro día.

Quédese con que la capa de Batman será un tercer corte como mucho. La capa de Eladio era la de Supermán.

– Maravillosa capa.

¡Y la semana que viene tendré otro igual! No podré fumármelo con Eladio (ya me gustaría) ni jugando al dominó en la finca de Don Chepe, pero lo voy a hacer a la salud de los buenos amigos de allá.

Y no pienso guardarlo para una ocasión especial.

Ese cigarro hará que la ocasión sea especial. Gracias Eladio.

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4 comentarios sobre “La capa de Eladio

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