Chasca, rechasca y requetechasca

(Publicado en Wells & Bea-Murguía en febrero de 2006).

El otro día recordé una experiencia digna de compartir con ustedes, que espero sea de su interés y divertimento. No sé si saben que una parte de mis competencias profesionales incluye la obligación de comer no siempre con gente interesante e, incluso, jugar al mus con ellos que, en fin, son las cositas que uno tiene que hacer “pa’poder llenar la olla con pobreza franciscana“.

En una de estas ocasiones, no hace mucho, compartimos mantel y tapete con un ex ministro de Franco que, por cierto, después fue mi pareja al mus. Perdimos, sin excusa, aunque a mí no se me iba de la mente aquello de que las entidades naturales de la vida social son la familia, el municipio y el sindicato, mientras este hombre me guiñaba el ojo y bien se mordía el labio inferior, bien me sacaba la puntita de la lengua. Sabía que no era posible (aunque cosas más raras se han visto), pero durante toda la partida no pude despejar la absurda sensación de que se me estaba insinuando. Suelo tener bastante morro, pero confienso que junto a este hombre de otra época me sentí cohibido (y así no hay mus que valga), no me atreví siquiera a soltar un chascarrillo tipo: “Joer, ¡cómo pillas, Alberto!“, no me fuera a contestar con un “En la Puerta del Sól sí que vas a pillar tú como no ganemos“.

Sin embargo, fue previamente, durante la comida, cuando sucedió lo que es motivo de esta entrada. Sinceramente les digo que a mí la nueva cocina me interesa bien poco, como mera anécdota, aunque no me disgusta si lo que te ponen, sea lo que sea, resulta sabroso. Yo casi prefiero que no me lo cuenten, porque tienen esa costumbre. Te ponen un plato como una bandeja de grande con un diminuto mondongo verde en el medio y un tronco del Brasil atravesado que parece de plástico y no sabes si comerte o no. Llega el camarero y te lo narra, como un artista ante su obra: “Vamos a degustar una ensaladarrada tibia de coscotes de foie a la guedesca sobre una cama lechosa de ragutones tiernas, ensolpas maracatinadas y recorpas sucutiestas acompañadas de una salsa cupás de pepino amargo por el cu y malacatones de Ronda a lorans“. Para cuando ha acabado de enuciarlo, ya te lo has comido todo… Hasta has despejado tus dudas sobre el tronco de Brasil: no se comía.

De sabor estaba todo excelente (excepto el tronco de Brasil). La parafernalia es un poco chorra pero merece la pena si les da la oportunidad de asistir al espectáculo dantesco de un ex ministro de Franco comiendo algas caramelizadas. El pobre hombre, que ya ronda los ochenta, era incapaz de domeñarlas; se le salían por las comisuras de los labios por más malabares que hiciera con los dientes. De hecho, durante toda la comida, cada vez que venía el camarerito chipén con su culito prieto y su delantal blanco apretado, con sus ricitos al viento y sus gafitas de pasta, y nos soltaba el rollo, Alberto decía: “¡Qué cosas hay que oír!“, algo con lo que, confieso, yo estaba tan de acuerdo que en alguna de esas ocasiones estuve tentado de rematar con un:

— “¡Esto con Franco no pasaba!“, pero me corté porque no es necesario ser tan relaciones públicas.

Lo verdaderamente gracioso sucedió al final de la comida, cuando estábamos esperando a los cafés, nos habíamos encendido nuestros puros y camarerito chipén trajo unos chocolatitos de tamaños distintos en un recipiente blanco compartimentado en cuatro. Mi jefe, que tampoco es amigo de alegrías culinarias sifoneras y que no paró de reírse de toda aquella parafernalia de la nouvelle cuisine, y Alberto se lanzaron a coger un puñadito cada uno de los bombones más pequeños y, a primera vista, sin duda, los más atractivos. Estaban ellos saboreando el amargo dulzor del cacao cuando, de pronto, CHASCA, notaron extrañas crepitaciones en sus bocas, RECHASCA, empezaron a fruncir el ceño inquisitivos, REQUETECHASCA, mientras pequeñas explosiones se sucedían sobre su lengua… ¿Alguna vez han visto ustedes a un ex ministro de Franco comiendo Petas-Zetas? Porque eso eran los bombones: Petas-Zetas recubiertos de chocolate negro. Tenían ustedes que haberles visto la cara mientras el caramelo les estallaba en el paladar, chasca, rechasca y requetechasca. ¡Vaya imagen!

Yo le pedí a camarerito que me dieran una ración de aquello para llevármelo a casa, porque me pareció lo mejor de la tarde.

X. Bea-Murguía

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