La Grande Cave

El año pasado, y a pesar de la ineficacia de la oficina de visados de la Federación Rusa en Madrid, tuve la ocasión de visitar Moscú, viaje que, desde luego, les recomiendo a todos ustedes porque es una ciudad grandiosa.

Los filetes rusos no los probé.

Sí tuve la ocasión de visitar un lugar llamado “La Grande Cave”.

AQUI PUEDEN VISITAR SU WEB AUNQUE ESTÁ TODO EN CIRÍLICO

La Grande Cave está escrito en francés, aunque parezca una elección en castellano con falta de ortografía: “Eeeehhh… ¡La grande! ¡La grande sí, que cave (SIC)!“…  viene a significar “La gran bodega”, por si alguno de ustedes no ha estudiado en La Sorbona, esa universidad donde los alumnos aprenden, sobre todo…

A envidiar a Rafael Nadal.

Es una tienda de vinos y destilados con más de 800 metros cuadrados de exposición-museo de destilados antiguos en la que el dueño, un ruso romántico, si acaso eso fuera posible, o más bien un ruso borrachuzo, que es más ccorriente, se ha gastado unos cuantos rublos en juntar la exposición más increíble de bebidas espirituosas vintage que yo jamás he visto.

Que uno no puede dejar de pensar: gente cutre hay en el mundo que tenía este whisky en casa y no lo sacó a la primera oportunidad que surgió.

lgc ardbeg

O gente sin amigos. Ardbeg nada menos. 1895. ¡Y esto es una muestra! Que había la intemerata. Vamos unos cuantos españoles con unas botellas de dos litros de coca-cola y unos hielos y montamos un botellón que se cagan por la pata. Aunque para botellón, los de vodka de los zares.

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Como benjamines de txakolí de Bilbao.

Patxi, ¿te queda algo de txakolí?
– Algo queda sí. Para pasar la tarde.

Allí, en La Grande Cave, fui extraordinariamente bien recibido y escuchado y monté mi teatrillo de los cigarros, presentando a los “estanqueros” rusos el La Aurora Training Kit, que por cierto gustó mucho, porque es una gran idea.

Cuando terminó la presentación, el dueño del lugar, un representante fiel del realismo ruso con la misma expresión facial que un teleñeco, quiso intercambiar conmigo impresiones y, gracias a la traducción de Dimitri Alexandrovich, nos dimos cuenta de que nos gustan las mismas cosas, es decir, lo bueno de la vida:

El capote de Gogol.

Auténticas obras de arte con profundidad. Que van más allá.

La suite para orquesta de jazz de Shostakovich.

Nacidas de almas privilegiadas que conocían la trascendencia y son capaces de tocar la tecla de la ensoñación.

Y para un buen cigarro…

Y te permiten disfrutar despacio, con ceremonia, de la vida.

… un gran cognac.

Denle al play mientas siguen leyendo, por favor.

Así que con todo el entusiamo que un ruso puede llegar a  reunir, que es el mismo que muestra R2D2 en todas las películas de Star Wars (juntas), el dueño de La Grande Cave se escabulló con un exabrupto en cirílico:

– ¡Dabai, dabai!

Que lo dicen para todo y creo que significa lo que les pete en ese momento, y reapareció en escena sosteniendo un cofre gris con ambas manos, con ceremonia de pope, como si me estuviera trayendo las orejas incorruptas de San Kirik (de postre).

Abrió aquel sarcófago de cara a mí para mostrarme un verdadero tesoro envuelto en satén azul: Martell 1916, cognac casi centenario, embotellado en benjamines (esta vez sí) de una sola dosis. El cofre estaba íntegro y el pope me iba a hacer el honor de estrenarlo para mí.

Yo no me lo podía creer. Estuviera como estuviera aquel néctar ambarino, yo iba a ser muy honrado: una vez comenzada, esa caja perdería gran parte de su valor.

Dispuso dos catavinos, el ruso sabe (nada de copa balón), abrió dos botellines y los sirvió y en todo este largo y lento proceso, en todo este prolegómeno que despierta la expectativa y el ansia, no articuló una sola palabra. Me brindó mi catavinos lleno hasta la mitad y me mostró el suyo al trasluz, de entendido (él) a “entendido” (¿yo?), para que viera la estructura intacta de un cognac casi centenario. Lo olimos y no hicieron falta palabras: el lenguaje universal habló por nosotros. Dulce, meloso, a uva fresca, íntegro, exacto, perfecto, increíble.

El ruso no tenía palabras porque era parco.

Yo no tenía palabras porque estaba embargado de emoción.

– Nasdrovia – me dijo.
– Nasdrovia – contesté.

Levantamos el catavinos.

Hicimos una leve reverencia con la cabeza, más al cognac, que en ese momento era Dios, que al interlocutor.

– Spasiva- acerté a decir.

Otra inclinación de cabeza con la copa en vilo y…

… mientras yo metía mi napiota en el cata vinos para embadurnar mi alma con el aroma de aquel néctar antes de dar un mínimo trago de algo que probablemente jamás volveré a probar…

El ruso se lo echó al gañote de un trago.

Yo creo que el paladar ni se lo rozó.

– ¡Saporoski!

Intenté aguantarme la risa porque habría jodido la ceremonia.

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