Pues… Si eres lo que comes…

(Publicado en Wells & Bea-Murguía en marzo de 2006).

He viajado todo lo que he podido por esos mundos de Dios, y no ha sido poco, aunque no tanto como para apodarme Marco Polo. El año pasado, sin ir más lejos (nunca mejor dicho), tuve la oportunidad de viajar a Cuba por segunda vez, a Las Vegas, a Nueva York y a Holanda, país al que voy todo lo que puedo por motivos familiares. Este año, mismamente, en lo que ustedes cuentan un mes, estaré de camino a Thailandia, donde pienso pasar diez días inolvidables entregado al dolce fare niente, con motivo de la boda de mi cuñado Diego y su novia holandesa, Wenneke. Con dos cojones, chicos: ¡VIVA LOS NOVIOS! Creo que no he ido a mejor boda en mi vida.

¿Que si estoy contento? Entren en www.relaxbay.com, por favor, y no dejen que la envidia les corroa las entrañas pensando en que en varias de esas fotos, se puede leer mi nombre clarísimamente… ¡Eh! ¿Qué hace ese tío en mi tumbona? ¡Fuera, bicho, fuera! ¡Te queda un mes ahí, majete!

En uno de los mejores viajes que hemos hecho, Kenia, sucedió lo que es tema de la entrada de hoy. Fuimos al restaurante “Carnívore” de Nairobi, un sitio de mucho turisteo cuyo gran atractivo es que se lo comen to’. Tienen allí la parrilla de los Picapiedra, del tamaño justo para dorar un diplodocus al ast, trinchan en una enorme vara metálica grandes trozos de carnaza (como si fuera un cebo para pescar tiburones), y la pasan por la brasa dándole que te pego a la manivela hasta que está en su punto. Después, viene el negro con el troncho gordo, te lo planta en el plato y te dice:

Cebra.

Y tú respondes:

Venga, listo, pero ponme de la parte blanca que la negra engorda.

Te corta dos filetes y que aproveche. Allí los todos los nzungus turistones probamos varias carnes exóticas: la mencionada cebra, el impala, el kikuyu y alguna más que ahora no recuerdo. Está bien el asunto, a pesar de todo, aunque, en uno de estos vaivenes, me llega el camarero, me planta un troncho blanco y cartilaginoso en el plato y me dice:

Mamba.

Y yo, que estoy versado en idiomas, le respondo:

Mambo- y con un gesto de rechazo le explico a mi mujer (que sí lo comió), que mi madre es de Bilbao y que yo no como cocodrilo, por principio, si no es de la ría del Nervión. Son mis prejuicios y no estoy del todo mal con ellos. Después, un poco arrepentido (una nueva experiencia es una nueva experiencia) le pregunté a Beatriz a qué sabia el tema y me dijo:

Está bueno. Es como el pollo.

Su respuesta me reafirmó. ¿Para qué tantas vueltas, Dios mío? Para eso, en vez de comer lagartija, como pollito a la plancha y tan amigos.

Según vi ayer en La2 Noticias, los chinos, que se ve que han pasado hambre porque se lo tragan todo, dicen que somos lo que comemos, con lo que no estoy llamando lagarta a mi señora (ni mucho menos), sino tratando de contar que el reportaje en cuestión iba de un restaurante en un lugar de China, probablemente Hong Kong (aunque no lo recuerdo), cuya especialidad eran los guisos de pene. Ustedes lo pueden ver raro, pero comprendan que es normal que con tanta gripe del pollo se hayan tirado a la polla.

No les digo más que tres chinos y dos chinas estaban ahí, sentaditos a la mesa, muy educaditos y recatados, comiendo pene de… ¿caballo? No soy experto en falos, pero por el tamaño de la bandeja… Si hubiera sido mamporrero podría asegurarlo con más certeza, aunque, claro, comerse uno su instrumento de trabajo…

Nada de esto es invención mía, se lo juro. Seguro que alguno de ustedes lo vio también. Salía una de las chicas diciendo que comer pene le daba gusto y una gran sensación de felicidad, pero no hagan la maleta todavía que allí el pene se lo comen con palillos (¡los muy degenerados!). Los cinco eran la estampa viva del mencionado proverbio chino: sí, efectivamente, somos lo que comemos y ellos eran cinco carapollas de galardón internacional.

Era muy apropiado, además, para el Día de la Mujer sacar un tema sobre devoradoras de falo, ese rollo Lorena Bobbit con sus tijeras y otras sádicas hembras capadoras, como Mónica Lewinski con tiritona, la indómita amazona Hipólita, la Viuda Negra, Lucrecia Borgia puñal en mano, Cristina Almeida gritando “Manolo, la cena te la haces solo“… Me recuerda un poco a lo que dice mi admirado Abraham García en su libro “El placer de comer”, que envidia al afilador porque es el único hombre que hace sonar su instrumento y se ve, de inmediato, rodeado de mujeres armadas.

Háganme caso: vayan a comer a Viridiana y déjense de (gili)polleces

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