Barra libre de lexatin I (El ataque de las clones)

(Publicado en Wells &  Bea-Murguía en marzo de 2006)

Queridos amigos,

respecto a ETA, sólo diré lo que se atribuye a Josep Pla (aunque yo no lo tengo comprobado): “Urge esperar“. Para alto el fuego, el de Elena Salgado y su ley antitabaco. Entre fascistas anda el fuego.

El pasado fin de semana, como algunos de ustedes saben, he tenido la agenda llena de cumpleaños infantiles, que ya a ciertas edades es una oportunidad de oro para el fino arte del “encasquete”. Hasta ahora, el cumple del niño era una excusa para tomar una cerveza con los amigos (¡Ah! Por cierto, traete a los niños que es el cumpleaños de Manolín), pero eso ya es finito, meus mol estimats amics, ya que Manolín ya empieza a elegir a sus amiguitos y sus decisiones son irrevocables.

Así que llamas al papá o a la mamá del amiguito del cole y le dices que Manolín quiere invitarlo a su cumple…

No. A ti, no- de verdad que conviene aclararlo porque si no algunos padres se quedan-. A tu hijo.

La tradicional invitación de toda la vida ya no se puede llevar a clase porque te arriesgas a que se te presenten 25 encasquetadores finos en casa con niño y, lo que es peor, con regalo. El teléfono es directo, personal e intransferible. Dios guarde a Alexander Graham Bell. (¡Gutemberg, cabrón!)

¿A las cinco y media?-, te dice el papá o la mamá. – ¿Tan tarde?
Bueno, es que es una invitación a ME-REN-DAR. No a comida, merienda y cena.

Y luego se te presentan un poco antes con el ciervo, arañando minutos al reloj y te dicen:

¿A qué hora lo recojo?.
A las siete y media, más o menos. Ocho-, una hora lógica en la que invitarás a una cerveza al padre que viene a buscarlo, si la quiere, y porque cuentas con que necesitas un par de horas para bajar la sobreexcitación de tu propio becerro, más bañarlo con traje de hule porque con el tembleque se pone todo de agua hasta el culo, darle de cenar, hacerle un cola-cao con lexatines, darle un golpe Chuck Norris en la base del cuello y a la cama al primer bostezo.

¿Siete y media? ¿Tan pronto? Es que no nos da tiempo a ir al cine.
– Pues iros a un descampado con el coche y echáis un romántico.

Así pasó el otro día en el cumpleaños de Irene, cuatro años, que empezaron a llegar niñas clones de su colegio de pago, todas rubitas y todas con el mismo abriguito bueno y su canesú (por cierto, toda la vida cantando la canción y nunca he sabido qué coño es un canesú) que al pobre papá de Irene casi le da un telele. Iba necesitando un par o tres de lexatines. No me extraña, porque le hicieron la del pulpo. Iban llegando padres y soltando criaturas allí y Javier, el padre, entre pon la piñata, que ese niño llora y nene la merienda, pasaba atacado por el cumpleaños contando niñas…

Una, dos, tres…-, ansioso, como hace él siempre. –Joder, es que son todas iguales-, me decía viéndome que me estaba descojonando. Le daba miedo perder a una, que yo le decía, para tranquilizarle:
Esa niña es como un dolor, Javi. Si les dices a sus padres que se te ha perdido, cuando vengan, te van a dar su teléfono para que les llames cuando la encuentres… Si acaso.

Y Javier contaba como quien cuenta lagartijas dentro de un bote. Una de las mamás entregó a su nena clon y le dijo a Esther, la madre de Irene, que la niña es alérgica a cuatro cosas y, claro, luego acuérdate de cuál de ellas era la alérgica. Las clones hicieron la del trilero, que en cuanto se movieron un poco los cubitos vete tú a saber dónde está la pelotita. Yo, en su lugar, le habría pintado un equis roja en la espalda o le habría puesto una mordaza y  unas manoplas y arreglado.

Pero la alérgica se perdió en medio del ataque de las clones.

A la hora de la tarta, mi hijo Rodrigo (5 años) se negó a comerla porque dijo que era de princesas (¡BIEN HECHO!, pensó su padre, qué coño), mientras que los hijos de los amigos la devoraban con ansia y algunos padres, periodistas reputados, también. Por supuesto, a todos ellos les fue recordada la frase de mi hijo… “¿Sabes que tu hijo está comiendo tarta de princesas?“. Las niñas clon, incluida la alérgica, se pusieron las botas.

No hubo que llamar a la ambulancia por lo que igual no era tan alérgica.

Al final, cuando los papás y las mamás fueron retirando clones (es de suponer que nadie se equivocó y que todo el mundo se llevó a la suya, no sobró ninguna ni había un cadáver de niña con la glotis inflamada en el baño), cuando la calma empezó a cundir, Ernesto Villar Pérez (4 años) entró en el bucle y, porque sí, se puso a cacarear como un loco:

Tiene gripe aviar-, me dijo su padre resignado.
Yo creo que tiene sobredosis de tarta de princesas-, le dije yo. –¿Le gustan a tu hijo las películas de vaqueros?.

X. Bea-Murguía

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