Van a a tener que disculparme por lo del lunes. Me descentré un poco.

Quería hablar de los sentidos y de una aplicación práctica, real, a la selección y consumo de cigarros, que se alejara un poco de la gilipollez imperante, pero me embrollé y me salió otra cosa.

Luego ya era demasiado tarde para arreglarlo y, hala, crucé el Rubicón a lo animal, sin cita histórica ni leches. No dije “Alea jacta est” y lancé un trote señorial consciente de mi momento histórico, tal y como seguramente hizo Julio César.

Lo hice un poco más a lo cruzar el Eresma en borrico.

No me quiero descentrar. Quizá escribí cosas que no se interpretaron bien y prefiero aclararlo.

El “sabor” a tabaco existe pero es matizable y para eso la mayoría de ustedes (quizá no todos) tienen un órgano entre los ojos y la boca que se llama pene.

La única parte de su cuerpo que pueden meter donde no deben.

Las mujeres también y, por lo general, aunque los tópicos me revientan, lo tienen más desarrollado que los hombres, porque además tienen mejor olfato. Ellas no sólo huelen mejor sino que, además, se lo huelen antes.

En la boca, usted va a encontar sólo cuatro sabores básicos, y esto es ciencia, que son dulce, salado, amargo y ácido, salvo que sea japonés o haya ido muchas veces a El Bulli, en cuyo caso está el famoso umami, que es el quinto sabor.

¿Vale?

Si usted no nota el umami en la boca, siempre puede buscarlo en la estantería de abajo a la derecha… No, ésa no… Más abajo… Más. Ahí. ¿Lo encuentra? ¿No? Aguante un minuto que ahora va a notar el “uh mami, uh mami, mami blus, uh mami blus”.

Lo aclaro, porque si no me veo haciendo otra entrada explicando el chiste. Yo no digo que el umami no exista. Lo que digo es que si buscar el puto umami va a condicionar toda mi comida hasta el punto de que si no doy con él soy mal comedor, a la báscula me remito. El sábado me metí un cocido madrileño en casa de mi suegra que estaba umami con omega seis y veintiocho millones de elecasieinmunitas.

Dicho esto, aparte de los cuatro sabores. Todo lo demás se capta por la napia.

Si usted no usa la nariz para fumar se está perdiendo lo mejor.

Por favor, dése cuenta de las nuevas maneras que ha traído Burkina al mundo del cigarro. Aquí nada es obligatorio. Burkina es la libertad total para el fumador. Si a usted le gusta comprarse un Montecristo A (235 mm x 47) que es una gran corona, y fumárselo partido en tres trozos, porque es su placer, lo hace y punto. Ya lo dijo Julio César: “Galia est omnis divisa in partes tres“.

Y tampoco andaba mal de naso Julio César. Era de Napia City, claro. Y cuando se fumaba un cigarro, echaba el humo por la nariz y decía: “¡Tú también, Bruto!“. Y su hijo también echaba el humo por la nariz.

Pero la nariz es un órgano idiota. Es como la mano tonta. No funciona sola. La nariz recoge una información que el cerebro tiene que saber decodificar y, por desgracia, muchos hemos perdido ese código por falta de uso. Somos analfabetos nasales pero usted puede volver a enseñar a su nariz ese código que relaciona una sensación concreta con un nombre o con un recuerdo almacenado en el cerebro y, en ese momento, cuando esté fumando y expulse el humo por la nariz, detectará las notas que los catadores expertos publican en las revistas.

Ésa es la clave. Y es verdad. Tan verdad como cuando usted mira y sus ojos saben la diferencia que hay entre una silla y una mesa. Porque tienen el código.

Yo he aprendido del maestro Ángel Antonio García Muñoz, con el que he hecho, no sé… Ángel, dilo tú. No quiero exagerar, pero muchas catas para La Boutique del Fumador desde hace muchos años. ¡Y lo hemos pasado muy bien! Y lo que se ha publicado es verdad de pe a pa.

Después me he cruzado con gente en el camino que siempre me ha dejado boquiabierto por la capacidad de sus napias. ¡Bienaventurados los narizotas! Jesús Bernad, David Cagigas, Pepe Aguirre, Manuel Inoa…

Porque si el tabaco sólo sabe a tabaco… ¿qué le hace a usted preferir una marca a otra? ¿Sólo la anilla? ¿Somos todos tan memos? Vale, la anilla influye, aunque viene de atrás, de un prestigio ganado, pero si el tabaco sólo sabe  a tabaco, ¿por qué hay calidades y precios distintos? ¿Por qué hay semillas distintas? ¿Para qué tan largos y distintos procesos? ¿Por qué capas maduras o candela o sol o tapado? ¿Para qué el rezago? ¿Qué más daría el viso, el ligero o el volado? ¿Los cortes de la planta? ¿El añejamiento?

Si el tabaco sólo sabe a tabaco, ¿qué más le dará a usted Cuba que el Valle del Cibao que la Vera de Extremadura? Hay un tabaco excelente en Plasencia. Y en Granada.

Sólo dos puntualizaciones.

1.- Hay gente a la que se le va la pelota. Tiene la nariz tan bien codificada que fumando un cigarro encuentra al asesino de Kennedy. Yo nunca he pensado que eso no sea verdad. Si esa persona lo siente y lo sabe expresar, olé. Lo que se me ha pasado por la cabeza es un “¡Joder, qué suerte! Un multiorgásmico” ante alguien capaz de sentir, relacionar y expresar tantas sensaciones que para mí son imposibles.

2.- Catar un cigarro es una cosa. Fumarlo es otra distinta. Si cada vez que encendemos un cigarro le estamos planteando al fumador una especie de concurso nariz de oro, poniendo a prueba su “certificado de fumador pata negra”, somos unos necios. Nadie debería sentirse obligado a encontrar notas a su cigarro antes de fumárselo si no las encuentra. Y es hacia donde vamos. No, joder. Fuma y disfruta.

Y ya.

Ah, y un último consejo, para ustedes y para ustedas. Vean este vídeo de Semana Santa.

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