Encuentros en la primera fase

(Publicado en Wells &  Bea-Murguía en abril de 2006)

Queridos amigos,

me quedé el otro día con ganas de contar mi topetazo policial, aquel que les ahorré porque hacía la entrada excesivamente larga y no es cuestión. Dije que me iba a hacer recuperar la fe en la autoridad pero mentí: nunca he tenido fe en semejante cosa.

En una ocasión, de vuelta a casa de una despedida de soltero a las ocho de la mañana, cogí mi coche, aparcado en la calle de Mateo Inurria en sentido Pío XII (un poco antes de las Torres Kio) y, como lo que yo quería era ir en sentido contrario, hacia plaza de Castilla, ni corto ni perezoso me salté la doble continua, algo que hacen tantos en tantas e incontables ocasiones en este Madrid de conductores fumadores e hijos de puta.

— “La cagaste, Carlos“, pensé cuando un municipal me dio el alto.

Síntomas: me he saltado la doble continua, llevo el carnet de conducir caducado desde hace un año, no paso el control de alcoholemia (aunque, mamá, te prometo que sólo había bebido cocacola, como siempre, pero es que la última me sentó fatal).
Diagnóstico: diarrea. Cagada total.
Tratamiento probable: multa de dos millones.
Posología: vía anal.

— “Dé usted la vuelta“, me ordenó el policía, cuya cara es un borrón de tinta en mi memoria. El sol me daba de frente. Era ese sol que trasnocha y fulmina al vampiro. Su imperativo me produjo confusión.
— “¿Perdón?“, no sabía si se refería a que diese la vuelta al coche y lo pusiera de nuevo mirando a Pío XII o que me pusiera yo mirando a Pío Nono, que iba a comenzar el tratamiento allí mismo.
— “Le digo que dé usted la vuelta. Que deshaga lo hecho“, y, sin más explicación, se plantó en medio de la calle, paró el escaso tráfico de un domingo a las ocho y me hizo ese gesto que hacen ellos con la manita que quiere decir que pases, aunque a veces parece que se estén dando un aire para aliviar un sofoco de la menopausia… Creo que al ademán se le puede bien bautizar la manopausia (aunque pitopausia parece apropiadamente unisex para los agentes de tráfico).

Obedecí sumiso, como ciudad-ano que paga sus impuestos, me puse mirando a Pernambuco, como ciudad-ano que paga sus impuestos, y me detuve en un lado a la espera de que el poli me descerrajara sin piedad cuatro multas allí mismo a quemarropa. “Sin perdón“. Todas ellas merecidas y con salpicón de sangre a lo Sam Peckinpah.

El municipal se acercó a mi ventanilla y me dijo:

— “Tire y que sea la última vez“, lo cual no tuvo que decir dos veces, porque no había pronunciado la última “z” y yo ya estaba en la M30 lanzando vivas a la Virgen del Perpetuo Coscorro. Esta labor educacional de la policía es admirable, pero vana. Como pueden imaginar, no le he hecho ni puto caso, porque conducir en Madrid se parece más al “Welcome to the jungle(*)” que a “Suecia, patria querida” o a “Cuando salí de Upsala”, dicho sea con todo mi respeto a un país que es la meca del landismo.

La cuestión es que, de regreso a casa el otro día, a las dos de la mañana, la municipal de Tres Cantos me paró en la entrada a la segunda fase del pueblo, donde yo vivo, en un control rutinario. He de decir que lo tenía todo en regla: no había bebido nada, tengo el carnet, el coche está en orden… ¡hasta la que iba conmigo era mi mujer! Aunque me jode que se haga rutina del controlismo policial, elegí ser sensato. No tenía ganas de lío.

— “¿Dónde van?“, nos dijo una señora municipal a la que a puntito estuve de pedir un autógrafo porque era la misma imagen de Frances McDormand en “Fargo“.
— “A casa“, respondimos a coro.
— “Ya“, suspiró Frances, “pero, ¿adónde?“.
— “Ahí“, señalamos los dos al unísono como hermanos subnormales porque, efectivamente, nuestra casa asomaba por detrás de la espalda de la agente.
— “¿Me pueden decir la dirección?“, remató Francés con tonillo de estar azuzando el último rescoldo de su paciencia. Mi mujer y yo entendimos y, de nuevo, por navarras, concretamos nuestras señas. Francés asintió y nos hizo la manopausia.

Lo peor es que, esa noche, aún tenía yo que llevar a mi hermana Uxía a su casa, a Madrid, que es cosa de media hora entre la ida y la vuelta y no me cuesta nada, pero se me antojaba pesaroso volver a parar en el control. De regreso, a la altura de Tres Cantos, me dije: “Voy a entrar por la primera fase, que aunque sea más largo, me ahorro el tener que explicar cómo es que me han dado el alto dos veces en media hora“.

Dicho, entré con una amplia sonrisa de listo, listo por la primera fase y me metí en el control como un conejo que huye del hurón. En esa media hora, lo habían cambiado de entrada. “¡Qué rápida es la poli cuando quiere dar por culo!“, pensé. Me sentí como un idiota, como un cuadrúpedo humano en una orgía sodomita. Al pasar, reconocí a Frances poniendo balizas: aunque no fue ella quien me dio el alto, deduje que el control era el mismo y yo su primera pieza de la noche.

— “¿Dónde va?“.
— “A casa“, intenté primero la estrategia de mi suegra: “Explicaciones pocas y confusas”.
— “Ya. Supongo que usted sabe dónde es su casa, pero yo no“.
Cierto. Plan B: mentir…
— “Vivo en…“. De pronto no recordé ninguna dirección de la primera fase que explicara por qué había entrado al pueblo por donde lo había hecho. El poli arqueó una ceja. Plan C: decir la verdad. Dije mi dirección.
— “¿Y entra usted por aquí?“, no hacía falta ser el Kasparov para saber que la siguiente iba a ser ésa.
— “Mire, es que he entrado hace media hora la segunda fase y ya me han hecho ustedes este control y quería evitarlo…” (porque me da el coñazo).
— “¿Ha entrado en Tres Cantos y ha vuelto a Madrid?“.

Como el chiste de la vaca no le iba a hacer gracia, dije la verdad. El agente tocó mi traje con una mirada inquisitiva, como para comprobar su calidad. Su cara no me recordaba a nadie. Mantuvo un silencio espeso que no me provocó risa. Sólo cansancio. “Fargo” en Tres Cantos. Ni una palabra de más. Asintió y me hizo la manopausia como si estuviera espantando una mosca.

— “No sabe mucho de trajes“, concluí.

X. Potra-Murguía

(*) “Bienvenido a la jungla”

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