Viaje a Tailandia con esposas (1): los zapatos

(Publicado en Wells &  Bea-Murguía en abril de 2006)

Queridos amigos:

el encuentro con Tailandia, entre otras cosas, ha sido un viaje de libertad. Como saben, la razón para ir a tan lejana playa no era otra que una boda, la de mi cuñado Diego con Wenneke, una holandesa alta, guapa y lista que, me temo, no sabe manejar el taladro (o berbiquí), aunque cocina muy bien. Ya les digo yo que mi cuñado sabe dónde se mete.

Para tan magno evento, convocado en un paraíso descalzo, me compré a mi pesar unos mocasines de marca, en una tienda cara de Madrid, de esos que nunca me han parecido mucho mi estilo, que es el mismo desde los catorce años (¿y qué?), satisfaciendo así los deseos de mi señora, a los que me pliego en estas circunstancias, sobre todo, por no ser un problema añadido a los muchos que, por más que uno no quiera complicarse la vida, se derivan de cualquier celebración familiar. Me probé los mocasines caros en la tienda de Madrid y me quedaban perfectos, me entraban como si me hubiera untado el pie con manteca y, ciertamente, he de reconocer que eran cómodos y no tenían pinta amenazante ni de causarme ampollas ni rozaduras, así que me hice con ellos, a pesar de su precio. ¡Qué coño! Es lo menos que se merece mi cuñado: unos buenos zapatos para su boda.

Llegado el día señalado, me dispuse a estrenar calzado, pero, joder, no había manera de meter los putos mocasines en el pie (o los putos pies en los mocasines, mejor dicho). No se pueden hacer una idea de lo titánico de mi lucha. Yo lo achaco a que, como he dicho, el de Tailandia ha sido un viaje de libertad por muchos motivos. Y de terapia de choque y aquí debo salir del armario: los dedos de los pies me dan náuseas. Los ajenos, claro. Siempre he criticado a esos guiris que se descalzan a la mínima oportunidad, pero lo de Bangkok es mucho, es ya de suicidio pedestre. Tanto calor y tanta humedad, acababa uno con los pies como salchichorras alemanas parduzcas crudas, lo que les da un punto más repugnante, si cabe, a esos diez gusanos que rematan nuestro cuerpo a modo de flecos blandurrios, lo único que asoma después de la vida, bajo la sábana verde, en el anatómico forense y donde siempre cuelgan la etiqueta, como un si fuera un descuento macabro.

El carnet de baile de la muerte.

Hice caso a un buen consejo, porque tenía los pies como “chucruts”, y me compré unas chancletas en el Janujak Market, pero, claro, la falta de costumbre (siempre me he obligado a llevar calzado cerrado y tapado), tardé en acostumbrarme a que la rígida correa fuera royéndome, como la lima de un preso, los intersticios entre el gusano gordo y el índice todo el día, provocando una molesta y dolorosa rozadura atrae-moscas.

Sangre, sudor… Un puto asco, no lo duden, que me empujó a pasearme (no en Bangkok, claro, donde aguanté con las chancletas) por Relax Bay, Ko Lanta, todo el día descalzo. Mis pies sintieron, entonces, la sensación de recuperar su libertad perdida, negándose en rotundo a meterse de nuevo en la estrecha disciplina del cuero y la piel vuelta, por mucha marca y por muy caros y cómodos que fueran los mocasines de marca de Madrid.

Minutos antes de la boda, vestido con camisa y pantalón de lino, en imposible escorzo (lo que me permite mi barriga que es la curva praxiteliana pero invertida) peleé con los mocasines hasta el tercer aliento, pero fue vano. Mis pinreles rechazaban la vuelta a la cárcel, mi mujer me metía prisa, mi niño no se quería poner los pantalones, que vamos a llegar tarde, mmmmmñiñiñiñiñi, los putos pies que ni pa’Dios, el calor era tremendo, la humedad asfixiante… El sudor empezó a extenderse por mi camisa de lino, como si mi orgullo se desangrara apuñalado por los agobios de última hora.

Tengo que decir que, como soy un tío tenaz, gané. Me puse los zapatos. Sudé a chorros, arruiné mi impoluto aspecto, pero salí de mi cabaña calzado como mandan los cánones. De hecho, sólo tuve que darme una tregua en la refriega antes de un último asalto, respirar hondo, tomar impulso, mirar con severidad a los putos zapatos y advertirles de que iban a ir a tomar por el culo al mar de Andamán para darme cuenta de que los cordones no eran de adorno sino verdaderos contrafuertes, deshacer el nudo, anchar su horma, calzarme sin esfuerzo y atármelos de nuevo. Eso era todo. Una victoria pírrica, sin duda, pero victoria al final. Sudado, pero calzado, nos fuimos los tres a la ceremonia de la boda que tenía lugar en la misma playa, bajo un frondoso árbol cuyo nombre desconozco (y tampoco pude averiguar, aunque pregunté).

Allí, en aquel pequeño paraíso descalzo, calzado al fin, los del hotel habían dispuesto unas esterillas para los asistentes dado que, según el rito, todos los invitados deben permanecer en todo momento agachados o sentados y siempre por debajo de la altura de los monjes.

Cuando llego a las esterillas, amigos y amigas, lo primero que me dicen es que me tengo que descalzar.

Mis pies se han convertido al budismo.

Los mocasines fueron usados sólo a lo largo de veinte metros. No más. Ya no me los puse en toda la tarde-noche. Al día siguiente los tuve que buscar, porque no recordaba dónde los había dejado (en qué punto de la isla). Los encontré medio enterrados en la arena. Están en buen estado. Supongo que aún puedo devolverlos.

X.Buda-Murguía

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