Viaje a Tailandia con esposas (2): Añoranzas

(Publicado en Wells &  Bea-Murguía en abril de 2006)

Queridos amigos:

me resulta curioso el hecho de que todos estos países exóticos tienen una cerveza enseña, una marca que casi monopoliza el mercado, que te ofrecen en todas partes, junto con la Heineken. En Kenia era la Tusker, que no estaba nada mal, en República Dominicana, por supuesto, Presidente (una fría bien vestidita de novia), en Nicaragua, la Toña, en Tailandia, la Singha…En España, la Mahou.

¿Me admitís España como país exótico?

La tal Singha Beer resulta ser un tanto blandurria y con una “pujanza de sabores” (Ángel Antonio dixit) muy escasa. No hacía apenas espuma, pero estaba buena, como dicen en el pueblo, se dejaba beber (no decía nada cuando te la bebías). Lo cierto es que estás allí y te hace gracia pedir Singha y por eso pasas de la Heineken (que está mucho más buena, con perdón), sobre todo porque la camarera, con menos voz que fuerza su cerveza, siempre, siempre, siempre te preguntaba:

Semol or big (Small or big).
Semol, semol, no me vaya a emborrachar con tanta.

Lo cierto es que allí, una vez que has pasado el proceso de adaptación, consigues relajarte muuuucho, lo que para mí significa, entre otras cosas, además de que pierdo la noción del tiempo y que no pienso ni en mi trabajo ni en Zapatero, que bajo mucho el nivel de exigencia. Digamos que, una vez que estás allí, te adaptas y aprecias lo que te ofrecen por lo que verdaderamente vale. Una cerveza tan poco nerviosa como la Singha era la ideal para el espectáculo nocturno, por ejemplo. Con el niño ya dormido (golpe en la nuca a lo Chuck Norris a centinela vietnamita y doce horas de tirón), una Singha acompañaba especialmente bien a la circunstancia del bar de la playa por la noche.

Descalzo, en pantalones cortos y camiseta, he hecho buenos amigos internacionales disfrutando de la caricia de la arena, con la crepitación del fuego adornando la charla en noches sin luna pero con un doble espectáculo de luz: más estrellas de las que se puedan contar en un año en Madrid y, al final del mar de Andaman, rayos de tormentas marinas que marcan cicatrices fugaces en el horizonte como un icono de lo lejana de la turbulencia de nuestro día a día.

Entonces, intercambiando con Peter, sueco, o con Ugurhan, turco, o con Ben, holandés (amén de un tropel de Spanish people), impresiones sobre la vida, las costumbres de cada uno, la historia de Ataturk o el fútbol, una Singha  era el exótico complemento idóneo.

¿Pueden imaginarse ustedes una felicidad más descansada y completa?

Pues yo sí.

La felicidad se construye de pequeños detalles, más que de grandes gestos. Cerveza, amigos, un buen cigarro, estrellas, rayos, fuego, playa… Todo era casi perfecto, salvo por una verde y diminuta ausencia, rellena de anchoa, que me hizo añorar, en más de una ocasión, las terrazas de Madrid.

Ko Lanta se ha ganado un cero en aceitunas. Un paraíso sin aceitunas es como el anuncio de la casera (no me jodas), lo que pasa es que estás allí y te cuesta trabajo decirle a la camarera que si no hay aceitunas, te vas (entre otras cosas porque no te iban a entender).

Así somos los humanos: añoramos el ruido cuando saboreamos el silencio.

Nada es perfecto. Como yo soy adicto a las aceitunas (rellenas de anchoa mejor que mejor), nada más llegar a Madrid me abrí un bote de La Española con ansia, cogí una y, posándola sobre mis labios como hago siempre, sorbí con fuerza el relleno por su boca de muñeca hinchable salada antes de devorarla.

¡Oh!

Hay que reconocer que La Española cuando besa…

X.Paleto-Murguía

Cualquier día de estos, cuando tenga tiempo, os contaré cómo me convertí en extraperlista de aceitunas en la frontera de México.

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