Historias para dormir

(Publicado en Wells &  Bea-Murguía en mayo de 2006)

Queridos amigos,

hoy es tarde, mucho para lo que suelo, y no tengo mucho tiempo. Ayer estuve de jijiji jajaja, celebrando la amistad y el machomachotismo y lo pasé muy bien, aunque no había mollejas (antes me daban asco, ahora, que ya me he hecho un hombrecito, las pido hasta en la Tasca La Cucaracha), tan bien que dejamos el mundo y España como una patena, desde el desacuerdo absoluto (qué bonito es eso), con el humo de los puros y el champán de Armenonville, nos dieron las tantas y, claro, ¿qué voy a decir? Supongo que hoy toca pimpenelismo on-line.

Llegué a la puerta de mi casa a eso de y media y, joder, no daba con la puta llave (Mamá, perdona los tacos). No me extrañó nada. Sabía que un día tenía que suceder. La cerradura está bastante dura, porque la puse yo con mis manitas (estas dos que tengo de bricómano chipendi) y así está, que cualquier día se nos queda un trozo de llave dentro y la liamos torera. Como no iba a llamar al timbre (no tengo tendencias suicidas, preferiría dormir en el coche) y alguna otra vez me ha pasado que tengo que estar un rato hasta que le da la gana a la pu…erta, me quedé hurgando con denuedo en las narices de mi puerta, tratando de no montar mucho barullo, con toda mi paciencia a cuestas, como un conductor (hombre) que en un semaforo en rojo se entretiene pensando en verde. Se me resistía, coño, pero ya estaba encontrando el punto cuando, al cabo de un rato, ni mucho ni poco ni recuerdo cuánto, supongo que alertada por el ruido, abrió mi mujer la tapa de mi casa provocando un premonitorio y acojonante chirrido de sarcófago. Una cara de mala lecheeeee, a la que no miré, rompió la penumbra sin fondo de la entrada. Llevaba una escoba en la mano:

¿Despegas o aterrizas?-, le dije yo en plan simpático para ver si conseguía… Pero, no, claro.

Ustedes lo van a comprender enseguida que no logré arrancar una sonrisa de la hiératica figura que ceñía escoba porque ella no era mi mujer, ni ésa era tampoco mi casa, ni, por supuesto, el tío que blasfemaba contra todo el olimpo católico por detrás de la vengadora de la escoba, era yo. No supe cómo pedir perdón, cuando reconocí finalmente a mis vecinos de arriba. ¡Terraza trágame! Nunca uso el ascensor, porque el mío es un piso bajo, pero anoche me atrajo como a un insecto con su luz verdosa de sirena y, sin ninguna razón especial, me metí en él. No sé en qué coño iba pensando cuando apreté el botón, pero estoy convencido de que si, en ese momento, yo hubiera sido George Bush, habría borrado del mapa Irán. No le casqué la cerradura a mi vecino por un milagro de Santa Casta del Cerrojo, virgen y mártir y, avergonzado, haciendo más genuflexiones que Martínez Pujalte, tratando de demostrar arrepentimiento y, sobre todo, que vieran que mi estado era de sobriedad absoluta, me arrastré hasta mi cama, donde he roncado como una motosierra las tres horas y poco que he estado en ella. Lo de mi vecino me avergüenza, pero esto otro sí que lo siento. No sé cómo pedir perdón… Lo hago públicamente… ¿Me perdonas?

X.Bea-Murguía

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