Jodete un rato, anda, que es muy sano

Para Álvaro Garrido

Tolerancia. La palabrita.

En uno de mis discursos públicos más celebrados…

En mi primer (y último) discurso público, se me ocurrió comparar a los antitabaco con los nazis lo que, estamos de acuerdo, es poco original más que desacertado. Pero, no contento con eso, mi alegoría puso en balanza la forma de contestar de la industria del tabaco con la política “Paz por territorios” del primer ministro británico Neville Chamberlain.

Tuve un éxito esplendoroso, ¿verdad Álvaro?

Ya sabéis. Neville Chamberlain, el que dijo “No nos vamos a meter en una guerra con Alemania por defender a los checos, esa gente lejana de la que nada sabemos” antes de entregar los Sudetes a Hitler pensando que, así, los nazis zanjarían ya su soñado Tercer Reich. Pero con los Sudetes, Europa no había ni empezado a vislumbrar el Reich de los siglos y el documento “Una paz para nuestros días” que Chamberlain llevó a Inglaterra de los Acuerdos de Munich de marzo de 1936, como todos bien conocéis, suscitó una de las frase más brillantes del Machaca de las citas.

Di algo Winston.

Nos han dado a elegir entre el deshonor y la guerra. Hemos elegido el deshonor y tendremos la guerra“.

Y la clavó.

Los antitabaco, siguiendo con la alegoría de la II Guerra Mundial que tanto éxito me trajo en su día, ocupan hoy desde Hendaya hasta Stalingrado; desde Tarento a Cabo Norte y ahora comienza la siguiente batalla, el próximo debate, el de la siguiente prohibición.

¿Qué os habíais pensado? ¿Que esto ha acabado aquí? ¿Que la prohibición de fumar en hostelería es la última?

lucharemos en los campos y en las calles… lucharemos en las colinas… nunca nos rendiremos…

Ahora empieza la siguiente oleada: espectáculos públicos al aire libre (fúbol, toros, conciertos…), colas, terrazas… Ya no hay humo de tabaco en el ambiente, pero eso ya no le importa a nadie.

Hace mucho que eso no cuenta. Ya ha habido políticos nefastos que han puesto un semáforo rojo por encima de cualquier razonamiento sensato. Ya no cuentan los valores democráticos, ni la cortesía, ni la buena educación ni, desde luego, cualquier estudio científico a favor o en contra. Que los hay, de los dos, a patadas.

Lo que cuenta es que han aprobado una ley que nos ha convertido en una sociedad de intolerantes, que ya nadie puede decir: “Voy a joderme un rato, que es muy sano“.

Y es que es muy sano, de verdad. Somos una sociedad de princesas del guisante. Nos hemos creído al pie de la letra la parida esa de que mis libertades y mis derechos acaban donde empiezan las libertades y los derechos de los demás y nada hay menos cierto.

Eso no ha pasado nunca.

Las libertades y derechos se solapan en la vida real y para evitar conflcitos estaban los valores como el respeto, la buena educación y la tolerancia y, en su defecto, los tribunales y las leyes. Pero cuando la gente era sensata, con el respeto y la tolerancia era suficiente.

Tolerancia. La palabrita. Claro, como la gente no tiene ni puta idea de lo que significa, ¡pero suena bien! Y todo Dios se apunta.

Pero ser tolerante tiene algo de ser mártir.

Cuando me viene un tipo y me quiere decir lo tolerante que es por estar a favor del matrimonio homosexual siempre pienso: tú lo que eres es idiota. Para tener una postura tolerante con respecto a la homosexualidad masculina tendrías que soportar que un gay te diera por el culo sin tu consentimiento cada vez que te agacharas a por un duro.

Porque tolerancia es ese espacio de tu libertad que tú cedes en beneficio de la libertad de los demás.

Tolerancia es cuando aceptas que los demás lo hagan aunque te perjudique.

– Me jode, pero hazlo.

Que dos personas del mismo sexo se casen no te afecta en nada. No precisa de tu tolerancia. Ni de tu aprobación, ni de tu aceptación ni de tu nada.

Así que sale el solete el domingo por la mañana y yo salgo de mi casa escopetado con mi idea fija, después de un largo invierno, a una terraza de la plaza de mi pueblo armado con un Davidoff nº2 (152 mm x 38), un cortapuros y un mechero que le he mangado sin querer a Jaime de Juana y que pensaba devolvérselo, pero ya no, porque me gusta mucho.

Tengo tan claro que voy a tener un momento diez que hasta sé la orientación que le voy a dar a la silla para que todo sea perfecto. Llego tan ávido a mi destino que, después de esta larga y lluviosa primavera que ha sido como una generación en el desierto, hasta el paseo de mi casa al bar se me hace eterno; veo una mesa libre en el exterior de la terraza (ver foto) donde sé que no voy a molestar a nadie o a casi nadie, coloco mi silla, me siento, pido un vino, saco mi Davidoff me lo enciendo en mano y nada más darle la primera calada oigo una voz como de los Supertacañón decir a las Puertas del Cielo:

¡Me cago en la leche! Ya ha venido alguien a fumar aquí.

Jodamos. El señor de la mesa de más allá. Un 8 x 80. Un gordaco de anchas espaldas de estibador de puerto, con la colleja como un timbal de galera, grasienta y brillante, amplia como para matar una mosca en ella con la palma bien abierta. El hombre se sacudía en la silla buscándome con la torpeza un pingüino cojo. Estaba encajado dentro y se revolvía olisqueando en el aire como Ray Charles cantando Shake your tail feather.

¡Ya no puede uno ni disfrutar tranquilo de una terraza sin que le fastidien!

No es literal, pero algo así vino a decir justo cuando logró darse la vuelta, en la búsqueda de la fuente de su molestía, y me sorprendió a mí que, con gesto de puta de saloon del Salvaje Oeste, me llevé mi Laguito Nº2 a la boca y le apreté una sugerente calada que sólo me faltó lanzarle un besito llamarle guapo.

Soplé el humo en su dirección para dejarle claro lo que pensaba de la situación:

Jódete un rato, anda, que es muy sano.

Porque llevo años siendo el educado del asunto, eligiendo la humillación, y ahora me toca desembarcar en Normandía, que el invierno se me está haciendo largo. Y hasta ahora he tenido siempre la razón, pero no el sitio para fumar. Ahora quiero el sitio para fumar, aunque no tenga razón.

Hoy, precisamente, que es 6 de junio, Dia D.

Y si no te gusta, pues te jodes un rato, que es muy sano. (Por todas las veces que me jodo yo por la Paz Mundial).

 

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5 comentarios sobre “Jodete un rato, anda, que es muy sano

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  1. Estupendo articulo, seguramente más de un lector se habrá encontrado en alguna situación similar. No hay que amilanarse nunca, defiende tu derecho a poder fumar!. Enhorabuena Javier.

  2. Vaya Javier, ya iba siendo hora de que sacaras un poquito el “genio” (y no me refiero al de la lámpara) … me alegro…

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