La fase oral

(Publicado en Wells &  Bea-Murguía en mayo de 2006)

Queridos amigos:

Cualquiera de ustedes que rasque un poco en la psicología masculina, fácilmente llegará a la conclusión de que, en el fondo, los hombres no hemos superado la fase oral, que echamos de menos el suculento pezón de nuestra madre y que no nos conformamos, al menos algunos, con el recuerdo del caucho del chupete o de la tetina del biberón, que nos dejaron la sequedad del fraude en la boca y un regusto a sucedáneo insípido.

Me prometí no usar este blog para desnudarme, pero, bueno, ahí va la camiseta…

Ayer, como cada día, cogí mi bala gris (Citröen C3) para ir a currar, pero la carretera padecía un estreñimiento pavoroso y muy poco normal. Cuando semejante atasco se presenta ante uno, lo mejor que se puede hacer es dar la vuelta, tirar el coche y coger el Cercanías, siempre después de haberse cagado en … (les dejo que ustedes lo rellenen según su filiación o credo, pero creo que esta vez se puede exonerar de culpa a Ruiz Gallardón). Una eficaz lavativa, sin duda.

Pensado y decidido, me volví sobre mis ruedas, pedí a mi mujer que me llevara a la estación, donde suponía que no habría sitio para aparcar, y me monté en el primer tren, en el fondo contento por poder dedicarle media horilla de seguido y sin interrupciones al libro que me ocupa.

Ahí van los pantalones…

Me senté cara a la marcha, junto a la ventana y antes de que arrancara el tren ya estaba inmerso y concentrado en lo mío. Sucedió que a la altura de El Goloso, nombre que, por cierto, viene que ni pintado a la entrada de hoy, se me sentaron enfrente dos mujeres que besaban la cuarentena armadas de una verborrea atrapante e inextricable, que todo lo abrazaba, que me arrancó de mi historia y me arremolinó en un chorro de cotidianidad a pesar de que ni estaba escuchando, ni lo entendía, ni me interesaba. Inexplicablemente, la cháchara me sacó de mi burbuja. Hablaban de puericultura. Creo.

O de la hija de una vecina.

Repartí dos miradas inquisitivas que pasaron desapercibidas cuando, de pronto, me percaté de que el tren me ofrecía un paisaje que se escapaba generoso en exceso, más allá de la intención de un escote, por el lado de la derecha. La chai (me encanta esta palabra porque la usa siempre Umbral), que era la más parlanchina de las dos, no cesaba de juguetear al cucú-tas con un collar de cuentas gordas que velaba, ahora sí, ahora no, la mirada de este ruborizado lector… El que leía, más pudoroso para estas cosas de lo que parece, torció a fuerza sus ojos, obligando a su alma a deleitarse con el otro paisaje, el que desfilaba por la ventana a toda leche, pero el cristal se empeñaba en transfigurarse en un espejo cargado de malas intenciones que me mostraba, fundido con el verde y resaltado por el negro de los túneles, con más disimulo y desde un ángulo más certero, una realidad igual de amable y con remate, una orografía igual de voluptuosa y sencillamente maternal. Ya no leí más.

Ahí van los calzoncillos…

Comprendí entonces que todo es culpa de la industria farmacéutica y de su sátrapa, mi pediatra, aquel canalla que recomendó a mi madre que no me diera el pecho, que sustituyera la rica sustancia materna por un sucedáneo maternizado, pagando lo que era gratis, con la falsa premisa de que era mucho más completo y rico para mi crecimiento. Un trauma, amigos, que me dejó anclado en la fase oral.

Cuando llegué a mi parada, al levantarme para salir del vagón, me sentí obligado a darle las gracias a la chai.

– De nada-, me contestó, creyendo, a buen seguro, que lo que le agradecía es que hubiera apartado las piernas para dejarme salir de la estrecha fila de asientos.

Tengo que usar más el transporte público. Hay ciertas épocas del año en que merece la pena.

X.Bea-Murguía (con los calcetines aún puestos)

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