Con todos los sentidos

He leído hace poco, y lo doy por bueno, que la clasificación actual de los sentidos nos viene de tiempos de Aristóteles.

Nada menos.

Que fue el sabio griego el que dijo que los medios por los cuales el cuerpo obtiene  información del exterior son cinco: gusto, tacto, vista, oído y…, bueno, el otro.

Que no me viene ahora.

¡Olfato! ¡Eso! El olfato. Esto es que la genética me ha dado a mí más napia que memoria.

Decía Aristóteles, además (lo he leído en el mismo libro), que el cerebro es un sistema de ventilación del cuerpo, mientras que los pensamientos se generan en el corazón.

¡Será gañán! ¡Todos sabemos que los hombres no piensan ni con el cerebro ni con el corazón! Las mujeres, no lo sé. Si hay alguna en la sala, que se manifieste.

Bromas aparte, lo de los cinco sentidos ha calado, mientras que lo otro sabemos que fue un resbalón del filósofo (¡no iba a acertar en todo el hombre, en el punto medio está la virtud!), pero tanto que es una verdad universalmente aceptada.

Un axioma.

Ha pasado de generación en generación, traspasó las fronteras griegas y ya lo saben en Barcelona y en la China Popular, en Betanzos y en Almería, en las aldeas más recónditas de Alaska y hasta los votantes de Trump: los seres humanos estamos dotados de cinco sentidos que son olfato, gusto, tacto, vista y… el otro.

Tanto es así, que cuando alguien es muy listo, pero mucho, y no vota ni a Trump ni a Clinton, se dice que tiene un sexto sentido (y no porque en ocasiones vea muertos). Un sexto sentido del que carecemos los demás y que no es el sentido común. Nada de tópicos, por favor, que esto va en serio.

Pero todo esto es mentira. Lo aceptamos, porque nos es cómodo, y porque lo podemos transmitir a nuestros hijos con los dedos de una mano y porque cinco es un número mágico, redondo, esférico y, por tanto, universal y eterno. ¡Cinco! Y, además, rima.

Pero no es verdad. Las vías con que nuestro cerebro capta información del exterior a través de los sentidos son más numerosas y, si te pones a pensar seriamente en ello, estoy convencido de que llegarás rápidamente a la conclusión de que tienes tres o cuatro sentidos más distintos a los cinco oficiales.

Salvo que seas Mike Pence, vicepresidente electo de Estados Unidos, que como no cree en la teoría de la evolución, anda liado despiajando a su prole y comiéndose los parásitos y no tiene tiempo de pensar en tonterías.

Yo, a partir de la lectura de ese libro (cuyo título no voy a decir, porque me lleva a un tema que prefiero evitar), sin ser la lumbrera de Occidente, me he dado cuenta enseguida de que, efectivamente, tengo, al menos, tres o cuatro sentidos más de los oficiales. Y no me voy a devanar la sesera en establecer un nuevo número oficial de sentidos: me vale con desmontar la verdad oficial de que poseemos cinco sentidos.

Falso. Son más.

Lo cual me lleva siempre a la misma conclusión, la de un escéptico incurable, que me reconozco: duda de las verdades oficiales, de lo que es sabido, de lo que no se cuestiona, de todo lo que parta de una certeza irrebatible. Relativiza y disfruta.

Por eso, cuando pongo todos mis sentidos a disposición de un Quesada Holiday Keg Toro, que me brinda mi buen amigo Jaime de Juana, saco mi blog de notas y trato de concentrarme en el regalo que acaban de hacerme.

Lo primero que participa, cuando me brinda el puro, es el recuerdo: ¿lo he fumado ya? Respuesta: sí, tuve el inmenso placer y la satisfacción de compartir un Holiday Kag con el mismo Manuel Quesada en Intertabac en septiembre, en Dortmund, mientras le hacía una entrevista para Cigar Journal. Y fue un rato gratísimo (a pesar de las interrupciones), en el que Manolo tuvo un detalle conmigo, unas palabras que me quedo para mí y que me resultaron tremendamente reconfortantes.

Acabábamos de comer bien, nada excesivo, servidos por un camarero famélico que te decía que en ese establecimiento “todo tiene buena pinta menos el camarero“, y qué razón tenía el hombre: al pobre, con ese aspecto exangüe de niño muerto sacado de “El sexto sentido” daban ganas de invitarle a un chuletón.Como un Cristo de Mantegna cruzado con Chiquito de la Calzada. El hombre fue diligente y amable, iba cantando de mesa en mesa y nos hizo reír.

En la terraza, donde salimos a fumar, pegaba un resol de noviembre reconfortante y cálido, de esos que no te dan como para quitarte el abrigo pero que sabes que te va a cargar las baterías a tope. Me entusiasma el sol de invierno. Así como en verano, voy de sombra en sombra, las busco como un vampiro, en el final del otoño, cuando los fríos por fin se instalan en Madrid, me encanta bañarme en ese solete, estirado, igual que hace mi tortuga, Steve McQueen, como si también necesitara que me calentara la sangre.

Cuando, por fin tuve el Holiday Keg en mis manos, entraron en funcionamiento algunos de los sentidos oficiales: una capa colorada brillante preciosa, grasa, tersa, de esas que da placer acariciar durante un rato; olor en frío a heno, a tabaco bien fermentado, sin puntas picantes ni agresivas… Lo prendí y me propuse hacer una cata para corresponder a Jaime con una esmerada entrada en Burkina con alguna información sobre el cigarro, algo que fuera tangible y sensato y que pudieran descifrar otros fumadores. Pero mis anotaciones terminan en “dulce, caramelo, tostado”.

Y no porque el cigarro no estuviera bueno o no tuviera sabor. ¡Al contrario! Sencillamente me dejé atrapar por la conversación con Jaime de Juana y allí nos tiramos los dos, disfrutando del puro, como dos amigos, hasta que el Holiday Keg lo dio todo, que fue, si no recuerdo mal, una hora y media larga.

Charlando. Fumando. Rellenando el tiempo. Tan a gusto.

Quizá porque otro sentido que participa, y mucho, en la intensidad del disfrute de un cigarro es el de la buena compañía; porque los maestros tabaqueros pueden poner su mejor empeño en hacer el mejor cigarro del mundo que como elijas a un petardo de tío para compartir ese ratico, ya te puedes dar por jodido que se te va a hacer laaaaaaargo y pesado y vas a estar deseando acabar y desaparecer.

A Jaime de Juana no lo venden en los estancos, pero si tienes una buena compañía, el Quesada Holiday Keg Toro es un perfecto engrasador de conversaciones. De hecho, nuestro buen rato se construyó a base de grata compañía, temperatura ideal, buena conversación y un gran cigarro y todas las piezas fueron esenciales. Los matices de la fumada, se los dejo, como siempre, a los expertos.

Y la semana que viene os explico lo de los Reyes Magos: que no, que no son los padres.

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