En la calma de un desayuno de domingo

Hace unos años, mi maestro Ángel García Muñoz y yo invitamos a un periodista a fumar con nosotros para una sección que hacíamos para la revista que era, básicamente, un personaje y un cigarro. Era un periodista no demasiado conocido, pero muy brillante, con una de esas cabezas que dan envidia, porque uno las ve procesar datos en binario a miles de megahertzios por segundo. Era joven, buen profesional y, al parecer, amante de los habanos.

Y también era un tipo afortunado: ese día tocaba nada menos que Cohiba Sublime, Edición Limitada de 2004 (VG Sublime. 164 mm x 54).

La cosa empezó bien, pero aún no habíamos terminado el primer tercio del Cohiba cuando el joven periodista empezó a mostrarse inquieto: miraba su reloj cada treinta segundos como si quisiera acelerar el tiempo, un gesto inútil cuando se trata de un habano como quedó claro en “Un habano para viajar en el tiempo”; se removía en su asiento, sin encontrar una postura cómoda, cruzando y descruzando las piernas a lo Sharon Stone pero con un ciempiés metido en la ropa interior. Al poco, y con una despedida rácana, dijo que tenía que marcharse y no sólo se escabulló como un asesino del escenario del crimen, sino que dejó allí el cadáver humeante de su maltratado Sublime.

Ni que decir tiene que fue, a partir de ese momento, que Ángel y yo comenzamos a disfrutar de verdad del cigarro. Sin estrés ya. Sin prisas.

Frente a esa agitación, hoy ofrezco una mañana soleada de domingo en pleno invierno. Con ese resol que parece que te acaricia con su calor y te hace comprender la mecánica de los réptiles. Todas las rutinas se han desarmado y las prisas han muerto en su propia urgencia, porque nadie llega tarde a nada, nadie tamborilea por la escalera como una estampida de ñus ni se oyen rugidos exigentes en la puerta del baño. No hay que hacer coletas. Ni preparar meriendas. No hay que mirar la agenda.

Hay calma.

Que las prisas están reñidas con el disfrute.

Yo soy madrugador porque los fumadores de cigarros somos cazadores de momentos y ese rato tan rico, desde que yo me levanto de la cama hasta que se pone en pie mi soldadesca, es todo mío. Hago café en mi cafetera italiana de toda la vida, previamente enjuagada sin jabón. Es verdad que ahora hay un café en cápsulas más rápido que yo generosamente dejo para George Clooney. Con el pan del día anterior, me corto unas rebanadas, las tuesto y las unto bien de mantequilla y mermelada de naranja amarga, que no sólo es un sabor adulto, es que complementa de maravilla el café levemente endulzado.

Después, voy a por mi rayo de sol para completar la triada divina del domingo por la mañana, aquello a lo que yo de verdad rindo culto en fiestas de guardar. Por supuesto, ni periódico ni móvil ni nada que me arrebate un solo segundo de disfrute: un rayo de sol, un café y un habano. Para mí, es uno de los mayores placeres de la vida. Como mucho, suelto a mi tortuga, Steve McQueen, que me hace mucha compañía, para que se dé una vuelta por la terraza.

Para ese rato, busco una fumada corta y aromática, de fortaleza suave a media. El número uno es Cohiba Siglo I, en mi opinión, la reina de las perlas. Su aroma es el Chanel nº5 de los cigarros, tanto es así que si lo huele mi mujer se me acerca a pedirme una calada. Tengo también un especial gusto por El Rey del Mundo Demi Tasse, que es un entreacto (que da título a este blog, un cigarro 100 mm x 30 para fumar en los descansos del teatro). Con El Rey del Mundo me inicié yo a fumar habanos, bien asesorado, y por eso siempre lo tengo en mente. Otro nada desdeñable por la mañana es San Cristóbal de la Habana Príncipes (VG Minutos 110 mm x 42). El que es, para mí, uno de los mayores genios que ha dado la gastronomía española, el maestro Abraham García, se enamoró del sabor de este cigarro. Lo fumaba y te decía: “Tengo el mismo gusto que Letizia: me encanta el Príncipe”.

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