Mi amigo Cuqui Otegui, estanquero madrileño de larga saga y cuna noble en el sector, me ha dado una buena idea para desarrollar en el blog, pero todavía estoy dándole vueltas. La iré publicando, como corresponde, poquito a poquito, a ver cuánto da de sí.

Mientras tanto, me voy a remontar por dos cosas: primero, para incidir en la importancia del tiempo en el mundo del tabaco; segundo, para darme valor.

Es que estoy muy asertivo últimamente. Es bueno para mi autoestima.

En el año 2003, gracias a la iniciativa de la entonces Swedish Match (hoy STG) y del que luego sería mi jefe, Gustavo Velayos, tuve la oportunidad de conocer a tres grandes del tabaco dominicano. Aterrizaron cuatro estupendas marcas en el mercado español, bajo el paraguas “Casa del Oro”, que vinieron a demostrar no sólo que la milonga de que el tabaco dominicano es suave era una gilipollez más, sino que, además, existe otra cultura del cigarro premium: la multiprocedencia, a partir de la cual todo es posible.

Algún fabricante, neófito, se creyó la tontería de que en España nos gustan los cigarros fuertes y decidió comercializar tabacos en nuestro mercado que eran bombas de relojería, pero absolutamente desequilibradas: fortaleza y sabor deben estar, y la palabra no es equilibrio sino balance, bien balanceadas para que un cigarro, fuerte o suave, esté bueno. Porque en España nos gustarán los cigarros fuertes, porque somos muy machos y eso, ándele, ándele, purito machito, pero lo que más se vende es VegaFina.

Vamos a dejarnos de leches que ya está todo dicho al respecto: 2’2 millones de puros vendidos el año pasado, marca número uno en España de cigarros premium.

Dominicano, por cierto, elaborado a mano en la fábrica más grande del mundo, la Tabacalera de García (La Romana-RD), con una liga en la que, como curiosidad, os diré que lleva incluso tabaco colombiano.

Algunos aprendimos (con otros no hay manera) que el tabaco no es ni fuerte ni suave por su procedencia sino por la cantidad de hojas de ligero que lleve su liga. Incluso un tabaco tan floral y meloso como el piloto cubano puede ser dinamita si cargamos de ligero la mezcla.

Vuelvo a 2003. Casa del Oro no cuajó, yo no conozco bien los entresijos, pero fue una pena. Aunque el intento no cayó del todo en vacío. En mi opinión, se abrió una puerta, una oportunidad, para crear lo que aún le falta al tabaco dominicano para triunfar del todo en España: marca, imaginario, prestigio… Estamos hablando del país tabaquero por definición, más que ningún otro. Del mayor exportador del mundo de cigarros premium con mucha diferencia.

En 2003, Casa del Oro trajo a España a Ángel Daniel Núñez, con Macanudo, Nunez1_1206.250vicepresidente entonces de General Cigars, un hombre del que lo más acertado que puedo decir no es que él ame al tabaco, eso es fácil y muchos lo sentimos como él: lo acojonante de Daniel es que el tabaco lo ama a él. En otra circunstancia, he tenido la suerte de recibir lecciones privadas de Daniel Núñez, y son algunos de los ratos más gratos de mi trayectoria profesional.

Con él vino Guillermo León Herbert, quinta… ¡Quinta!… generación de los León en el mundo del tabaco. Tuve la suerte de trabajar para él durante un año y medio y lo conozco bien. No brilla más porque no le gusta, no es un hombre al que le atraiga, como les pasa a otros, ponerse en el centro del foco. Tiene otro perfil. Guillermo es un hombre muy sorprendente, que en el terreno corto siempre te deja admirado y está dotado con una capacidad para el detalle impresionante, algo que es vital en el mundo del cigarro premium: el pequeño detalle. La primera vez que lo entrevisté, que fue en 2003, me dejó seco: no hubo forma de sacarle una frase medianamente larga. Ahora, claro, podría escribir su biografía y la historia de las dos marcas que lanzó en España aquel año, La Aurora y León Jimenes.

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El tercer grande el tabaco dominicano que vino con Casa del Oro es, en realidad, cubano: Ernesto Pérez Carrillo, Ernestico para los amigos. Su familia era la propietaria de La Gloria Cubana en La Habana cuando estalló la revolución en 1959. Por supuesto, la marca se nacionalizó, pero el padre de Ernesto se marchó a Florida y allí registró, para el mercado americano, La Gloria Cubana, aunque se fue a fabricar a Dominicana. El problema de las marcas cubanas en Estados Unidos da para una entrada completa. Prometo escribirla un día de estos. Evidentemente, para el resto del mundo, Pérez Carrillo no podía comercializar La Gloria Cubana y, por eso, se creó la marca El Crédito. De la entrevista que le hice en 2003 recuerdo que me entusiasmó el personaje tanto como él quiere a España. De hecho, es un empeño personal el que tiene por que sus cigarros triunfen en nuestro mercado. Ahora El Crédito ya no es suyo. Se lo vendió a la General Cigars (STG) y su cara visible es otro crack, Yuri Guillén, también amigo. Con Ernesto Pérez Carrillo he tenido la oportunidad de hablar, después, de la entrevista, unas cuantas veces, pero en profundidad, con cigarro y trago, en una ocasión en casa de Eladio Díaz, master blender de Davidoff, y con la presencia de Daniel Núñez también. Al día siguiente, posteé: me gusta el baloncesto y acabo de jugarme unas canastas con Lebron James, Steven Curry y Kevin Durant.

De las cuatro marcas que presentaron, Macanudo, La Aurora, León Jimenes y El Crédito, yo me decanté, desde el principio, por la de Ernesto. La empujé lo que pude, la llevé a catas, se la presenté a amigos, a fumadores, a periodistas. Me hice un entusiasta. Y lo sigo siendo. Tan cansino debí de resultar, que cuando un médico le dijo al padre de Pedro Rosado que dejara de fumar, en vez de cambiar de médico que es lo que se tiene hacer cuando dan un consejo tan ridículo, Perico me trajo los cigarros de El Crédito que tenía su padre en el humidor. Unos puros con un añejamiento superior a los 10 años. Tendrán quince desde que se metieron en el celofán.

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El domingo me surgió una buena oportunidad para fumarme un cigarro con un amigo y no la desperdicié. Revolví en mi humidor a ver qué tenía por ahí y me topé con dos El Crédito nº4 de los del padre de Pedro, extra añejados en mi casa en las mejores condiciones de humedad y temperatura. Vamos, que se han pegado unas vacaciones en plan todo incluido que ya quisiera yo. El tiempo redondea los cigarros, los equilibra, les arranca las aristas, el cigarro pierde empuje, pero no fortaleza de sabor. Evidentemente, al ser tan higroscópico (el tabaco absorbe la humedad de su alrededor y, con ella, los aromas que le rodean), el sabor más intenso de la fumada era madera de cedro, que es al tabaco lo que la barrica al vino. Pero mantenía su aroma original a tierra húmeda, a ozono, a ese instante que es justo anterior a la tormenta. Sólo lo pude maridar con café (solo y sin azúcar) porque estoy a régimen severo y, de momento, al alcohol ni me acerco, pero se complementó muy bien el amargo tostado del café, que es tan tabaquero, con la punta dulce y especiada del cigarro.

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¿Sabéis qué? Todavía me quedan algunos. Y estoy dispuesto a compartirlos con quien se los merezca. Mirad qué ceniza.

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Hace un par de meses, me hicieron llegar unas muestras de los nuevos cigarros de Pérez Carrillo, y después de tenerlos en cuarentena en el humidor para que reposen (recordad que si hay prisa no hay disfrute), empecé a fumármelos hace quince días. Es una pena que aún no estén en España. Llegarán, seguro, pero, ya os lo advierto, no van a ser baratos. ¿Y sabéis por qué? Porque son buenos.

Este es mi nuevo karma: soy caro porque soy bueno. Haced caso a ET y sed buenos vosotros.

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