El lunes volvió a suceder algo extraordinario.

Hace bastante tiempo, cuando mi hija Ana tenía cinco o seis años y era un guá de niña más viva y espabilada que una ardilla, la pillé con una botella de whisky abierta en las manos.

Se me puede recriminar que el alcohol en mi casa sí está al alcance de los niños pero, ya veis, yo prefiero educar a respetar lo de los demás que esconder. Y funciona… Bueno, a veces… Es largo plazo.

Y es mucho más cool.

La niña estaba sentada en el sillón con la botella de whisky apoyada en el regazo y sujeta por el cuello, como un cocinero que está a punto de degollar a un ganso. Yo, evidentemente alarmado, temiendo que ya le hubiera dado un trago (que no había pasado y que tampoco se habría muerto), con un gesto urgente, se la arrebaté y le recordé la norma:

– Eso es de papá, Ana. Y sabes que no se toca.
– Es que huele a flores – me contestó.

Y era verdad. Es un whisky muy floral.

Con una respuesta así, tan precisa, venida de la boquita de una niña tan pequeña, me quedé loco, le di 20 puntos de maestra catadora, me fui a por dos vasos y ya nos hicimos la cata completa.

El lunes tuve la suerte de conocer a Marc Ripoll y Sergio Suñer, de Kolumbus, y comer con ellos en un restaurante decente que hay en Madrid donde te dejan fumar a gusto y no te dan el coñazo y, así, con buena gente, una charla amena y un cigarro canario, nos dieron las seis de la tarde.

Whisky no que estoy a régimen. Pero ya me desquitaré, ya.

Marc y Sergio son dos apasionados y, joder, da gusto con gente así porque uno entiende que lo que te están contando es de verdad, es auténtico, es su pequeña historia, esas con las que, a final, se van trenzando las grandes gestas de nuestro sector. Tienen muchas ganas de currar y les auguro un buen futuro defendiendo un producto, como digo siempre, de calidad indudable y que hace una oferta de cigarros premium canarios honesta que a muchos gustará. Aunque si vais a buscar en Kolumbus el viejo Condal, los Peñamil o un cigarro palmero al uso, ya os digo que no.

Es un cigarro canario evolucionado. Puesto al día. De Kolumbus hablaré, pero en otra ocasión.

Marc y Sergio me han regalado una caja con tres pirámides, un K-Negro de capa Nicaragua, un K-rojo de capa HVA-Ecuador y un K-azul de capa Connecticut, que hay que venderla, ojo, porque por desgracia no está muy de moda. Ese charco, también otro día.

Llegué a casa con tiempo justo para vestirme de corto y marcharme al boxeo, así que dejé la atractiva cajita encima de la mesa baja del salón de mi casa y me largué a que me dieran unas cuantas hostias porque, en el boxeo, como en la vida, si no quieres que te peguen no te subas al ring. Cuando regresé, mi hija Ana (ahora 10 años), ya les había hecho a los cigarros la cata en frío.

Al loro.

– El negro huele a tierra mojada; el rojo, a pimienta (me pica en la nariz); y el azul, a hojas secas.

Y como la descripción de aroma a “hojas secas” no parece adecuada, así formulada, para un cigarro, le pedí que fuera más específica.

– ¡Huele a otoño!

Y, joder, sí. Ese cigarro, esa capa, huele a otoño, a paseo templado por una vereda de árboles deshojados, el aroma húmedo y agradable de las hojas recién caídas de la rama. Es exactamente ese olor. No sé qué nombre ponerle: huele a otoño.

Después, juntos hicimos un par de fotos a la cajita, para que se viera bien lo chula que es y con los cigarros bien dispuestos, para que pueda observar bien la diferencia cromática y de tacto de sus cuidadas capas.

Jodía niña. El día que me traiga un yerno a casa, tendré que tratarlo con compasión. Lista y con esa nariz, no me quedará más remedio que advertir al chico:

– Mi hija está dotada de un olfato bífido extraordinario: no es sólo por lo que huele es, sobre todo, por lo que se huele. Ándate con ojo, chaval, que tú acabas en los tejados.

Y le invitaré a fumarse un cigarro conmigo. En el humo, uno siempre puede encontrar solidaridad, camaradería y refugio.

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