No voy a mentir si afirmo que llevo casi cuarenta años ligado al tabaco, de una manera u otra, a pesar de que sólo tengo 46 años. Lo de “sólo”, por supuesto, es una manera de hablar. En 1981, mi padre, Luis Blanco Vila, ocupó el puesto de Director de Relaciones Externas de la entonces Tabacalera, lo que hoy se puede llamar asuntos corporativos, comunicación, prensa, relaciones públicas e institucionales del entonces monopolio estatal de fabricación, distribución y venta de tabaco de España.

Eran otros tiempos. El tabaco era malo para la salud, tanto como ahora (eso no lo voy a discutir), pero no había en la atmósfera esa histeria que, de forma tan certera, han inoculado en la sociedad los responsables sanitarios y el lobby farmacéutico. Se podía fumar en casi todos los sitios y el único límite era la buena educación de la gente. Tal vez demasiado, no sé si yo mismo abogaría por regresar a aquello, pero tampoco este cambio de acera tan desquiciado y sin sentido.

A pesar de que éramos menores, no había nada pecaminoso ni condenable en que mi padre nos llevara a mis hermanos y a mí a los eventos deportivos que patrocinaban las marcas de cigarrillos y lucíamos molonas camisetas de Lucky Strike y toallas de piscina de Fortuna y todo tipo de merchandising. No sólo era algo normal, sino que nos sentíamos afortunados y envidiados.

En mi casa, en Madrid, teníamos un cuarto de baño pequeño, de apenas tres metros cuadrados, anexo al despacho de mi padre, que estaba lleno de tabaco de todas las labores imaginables.  Parecía la cava de un estanco. Mi padre controlaba la temperatura, la luz y la humedad del pequeño aseo, no me preguntéis cómo, para que estuviera siempre en una penumbra húmeda y templada.

Pero lo mejor, lo más selecto, lo guardaba en un pequeño humidor de cigarros que estaba colocado sobre el mueble del comedor. Allí estaba la cremita: los Montecristo, Partagás, Davidoff, Cohiba, alguna labor canaria añorada ahora… Recuerdo unas cajas de puros que se fabricaron para conmemorar el 350 aniversario de Tabacalera (1636-1986) y que se llamaban precisamente así 350 (no me preguntéis dónde se fabricaron ni con qué tabaco). Cigarros y cigarros por los que hoy, seguramente, los coleccionistas pagarían un buen dinero.

Cuando mis padres tenían invitados a cenar, antes de los postres, que es el momento oportuno para ofrecer el cigarro (y no después, como la gente cree), mi padre abría su pequeño humidor, sacaba la bandeja y la paseaba entre sus amigos. Quiero pensar que casi todo el mundo aceptaba de buen grado el puro, incluso algunos no fumadores, y que mi madre, BegoñaUrgoiti, de quien yo he heredado la mano rota y el gusto por todo lo epicúreo, se fumaba su cigarro cubano y daba pie a otras señoras a que la imitaran. Esto no lo sé, la verdad, pero no me extrañaría. Es más, me encantaría que hubiera sido así. Mi madre es de Bilbao y, claro, es la hostia.

En aquellas veladas, en las que muchos de los responsables de la Tabacalera de la época, compañeros periodistas de mi padre, escritores e intelectuales pasaron por la mesa del comedor de mi casa, mi hogar se llenaba del humo de Cuba. Su aroma dulce y acre al mismo tiempo se entrelazaba en la atmósfera cordial del comedor con las risas de los invitados, sus conversaciones se regaban generosamente con vino y con Courvoisier Napoleón, el coñac que le gustaba a mi padre, aunque no faltaban el armañac y el calvados, pues el gusto de mi padre por lo exquisito le venía del tiempo en que fue corresponsal del diario Ya en París.

Desde mi habitación, que compartía tabique con el comedor, se oía el rumor de sus conversaciones, algo amortiguadas por la sordina del ladrillo y yo me esforzaba por permanecer atento a lo que decían los mayores mientras el cansancio iba inundando mi consciencia y soñaba con tener un día mi propia mesa de vida y de muerte (una Mesa Limón como la de Sibelius) y cuando la vigilia ya había cedido casi del todo ante la telaraña del sueño, la risotada escandalosa de mi madre me rescataba de su abrazo y volvía a avivar mis sentidos y mi interés por aquella partida de adultos que reafirmaban su amistad con el humo de los habanos y el espíritu de Francia.

Era vida en estado puro. La salud, pienso yo, es un bien que debemos aprender a administrarnos en una balanza equilibrada entre el cuidado del cuerpo y de la mente. Sin ese equilibrio, corremos el riesgo de morirnos perfectamente sanos, lo que es un absoluto desperdicio de vida.

Imito a mi padre hasta donde llego, porque lo quiero y lo admiro, pero mucho me temo que la genética no me ha dotado ni de su prudencia ni de su moderación, sino que tiendo más bien a la exaltación generosa de mi madre y su pasión por la vida.

Por eso fumo y bebo lo que puedo, siempre que sea exquisito.

Supongo que hoy a mis padres les quitarían la custodia de sus cinco hijos aunque me resulta curioso que, pese a lo que ya se da por sabido y demostrado y se ha publicado en prensa, el único que fuma y bebe de mis hermanos soy yo: el resto son gente, seria, formal, buena, con futuro…

A mis hermanos los quiero mucho, pero ni fuman ni beben.

Son unos aburridos (jajajajajjajaja, es broma, es broma).

El otro día me llamó la atención mi vecina de cuatro años, una niña muy lista (no es ironía) que viene a jugar con mi perro a la puerta de casa, cuando, observando su juego, me dio por regalarme un momento con un Lucky.

– No se fuma –me dijo la descarada–. Es malo.

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Me habría gustado explicarle que ella y yo hemos tenido aprendizajes diferentes, pero me limité a sonreírme porque, claro, ni lo habría entendido (por lista que sea, que lo es), ni soy yo tan osado e insensato como para andar haciendo apología del tabaco con la hija pequeña de mis vecinos. Me hace gracia porque mis hijos me han dado el coñazo de la misma forma hipnótica y proclamática, gracias a esa enseñanza machacona que se limita a un enunciado que dan a tragar sin que el cerebro puede digerirla, porque antes de saber donde tenían el culo, en el colegio ya les han grabado a fuego la matraca de que fumar es malo. Yo, de pequeño, sin embargo, aprendí que el tabaco es conversación, es descanso, es razonamiento, es amistad, es diversión y es océano y es horizonte o el punto en el que se mezclan y todo eso, y más cosas, son mecanismos que ponen en marcha la vida. Puede que no sea salud, no lo voy a discutir, pero yo aprendí que el tabaco también es vida, e igual que la vida, expuesta a aquello que más sabor le da, que más largas hace sus cortas horas,  es necesariamente muerte.

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