El cigarro está íntimamente relacionado con el tiempo por muchos motivos, sobre los que me he enrollado ampliamente en anteriores ocasiones en este blog. El primero de todos es porque es uno de sus ingredientes fundamentales. Cuando la gente pregunta qué contiene un cigarro la respuesta es bien corta y sencilla: tabaco y tiempo, todo el que ese tabaco necesite para estar en condiciones de ofrecer lo mejor de sí mismo.

Pero, además, el cigarro se vincula a la fecha señalada, a la celebración, a la efeméride. Cuando llega ese día que estábamos esperando desde hace tiempo, a los fumadores nos gusta sacar nuestro más preciado cigarro para marcar el calendario con su brasa, para unir para siempre en la memoria un gran día con una gran fumada.

Fue el caso de Rafael Bernardo, buen amigo, uno de los mayores expertos del mundo… ¡Del mundo! Y sé lo que digo… En Habanos. Ni siquiera es profesional del tabaco. Es un aficionado, muy aficionado, que investigó, viajó a Cuba, abrió su web  MYCIGARSITE, hoy ya desactualizada pero igualmente interesante e, incluso, escribió un libro: “El arte de conocer y disfrutar los puros habanos”, aún a la venta en Amazon.

Unos cuantos amigos afortunados participamos el 17 de marzo de 2011, esa fecha marcada a fuego en el calendario, de su jubilación y lo hicimos en las traseras de un restaurante madrileño, una sala medio en penumbra que, amueblada con una vieja mesa camilla, parecía el gabinete de un espiritista. Rafael nos obsequió con un Sir Winston de H.Upmann (VG: Julieta nº2, 178 mm x 47) que llevaban en su casa más de 20 años. Cuando leo que al habano le dan una duración aproximada de 10 años me acuerdo de aquel Excmo. Sr. D. Sir Winston, cuya anilla aún llevo conmigo en la funda del móvil y que nos proporcionó a los afortunados presentes una de las fumadas más ricas, equilibradas y redondas que recuerdo.

Un gran habano al que, por supuesto, había que prestar atención. Cuando hablo del tiempo y el habano, hay un terreno en el que también debe ser aplicado, que es el momento del consumo. Está claro que las aspiraciones de los aficionados son siempre distintas, pero en la fumada de un cigarro hay que invertir exactamente el tiempo que merece: ni más, que se apaga, ni menos, que se calienta.

Hace unos años estuve en Moscú en una enorme tienda de destilados que se llama La Grand Caveé compartiendo con “estanqueros” rusos mis (pocos, pero bien presentados) conocimientos sobre el tabaco. El dueño, una estatua de Lenin con el rostro menos expresivo que la Macarena, debió de quedar satisfecho con mi exposición y quiso honrarme (y desde luego que lo consiguió) ofreciéndome algo especial. En la Grand Caveé no sólo puedes encontrar lo último en destilados y vinos, y más bien caro, también tiene 400 metros cuadrados de exposición de la, probablemente, mejor colección del mundo de destilados antiguos.

Ceremonioso, como un pope con las reliquias de San Basilio, Vladimir Illich Macarenov apareció al minuto con un cofre polvoriento y lo posó delicadamente sobre la mesa. Al abrirlo, la tapa se quejó con un chirrido draculino para mostrar, noblemente envueltas en satén azul, una santa hilera de botellas de coñac Martell de 1905. ¡No había nacido ni mi abuela! ¡Anteriores a la Revolución de Octubre!

Sin cambiar la falta de expresión de su rostro, como si no esperara ninguna reacción en mí, frío como la retirada de la Grande Armeé napoleónica, mi anfitrión plantó dos catavinos en la mesa, abrió una de aquellas botellas de néctar y ambrosía y la repartió por igual en las copas, sin cometer el sacrilegio de derramar una sola gota sobre la mesa (que ya os aseguro que yo lo habría chupado). ¡Justicia habría sido compartir, además, el castigo de Tántalo!

Me deshice en reverencias de agradecimiento, tiré de mi extenso vocabulario ruso (spasiva, spasiva, spasiva), me emocioné con el olor fresco a uva y la estructura ambarina intacta de aquel licor centenario. La Obertura 1812 de Tchaikovsky comenzó a resonar en mi cabeza, con su Marsellesa y sus cañonazos.

Brindamos sin chocar las copas, clavándonos los ojos con una mirada profunda de taiga, asintiendo y levantando los catavinos.  ¡Nasdrovia! (y aquí se acaba mi ruso) y, como si el destino de Rusia entera fuera la tragedia de Ana Karenina, mi Macarenov se echó el Martell al coleto con un gesto centelleante, de un trago, como si fuera agua o la vodka esa insulsa que se trasiegan sin más pasión que un poco de calor en el gañote. El Martell pasó de la copa a su estómago sin rozarle siquiera el paladar y a mí me entró la risa. Refrenándola, me aferré a mi copita y le dije en perfecto castellano:

– Pon el cronómetro, macho, que a mí este trago me va a durar horas – y quizá sea una grosería para los rusos no tomarte el coñac a txapuski, como si fuera un zurito de la Kutxi. Tal vez. Pero yo me encendí un cigarro dispuesto a echarle el rato que merecía hasta la última gota de aquel elixir.

El tiempo es un cabrón que nos devora y lo que no entendía el ruso, en su tragedia, es que un buen cigarro y un coñac centenario son una oportunidad para prolongarlo, para abrir un paréntesis en su incesante avance.

 

 

Anuncios