Hay cigarros que se sueñan (7)

VIENE DE LA SEXTA PARTE

Hay cigarros que se sueñan, pero no como una fórmula matemática. No se presentan en medio de las brumas del descanso con su detallado desfile de porcentajes ni como una receta de cocina pormenorizada en una lista de ingredientes, cantidades, procesos y tiempos. El sueño es un sabor, uno concreto, uno que para ser soñado tiene que ser distinto y nuevo, que se aparece veteado de matices que activan la lengua dormida aquí o allá: una punta dulce en el extremo; la larga y sustanciosa presencia de un elegante amargo en el paladar; la viveza insensata de la pimienta; la caricia cálida y pueril de la canela; la perspicacia insistente de un rastro salino; un cítrico delicado y punzante en los lados de la boca…

Después, el maestro de ligadas de Davidoff, Eladio Díaz, tiene que materializar esa sensación en grados, semillas y añejamientos para que no se escape ni un ápice de la complejidad del sabor soñado. Aromas y fuerza se proyectan en el palpitante papel donde de madrugada recoge una fórmula rudimentaria, en la que sólo hay nombres de tabacos, pisos foliares, vegas y añadas de cosecha. Es una ciencia que no se puede estudiar, porque la ingeniería sostiene el arte, lo hace posible, pero no puede culminar su belleza. Las únicas herramientas válidas son la memoria, el tiempo pretérito bien archivado y clasificado en el cerebro, y la experiencia de los años.

Eladio comenzó a torcer tabacos de alta regalía en Dos González, allá por 1974, antes de irse a trabajar con Manuel Quesada. Era muy joven, pero ya era un tabaquero experto y hábil, rápido con los dedos y extraordinariamente diestro con la capa: las dejaba siempre bien tensas, llevaba su estructura elástica hasta el último extremo posible de tensión y, aún así, era capaz de construir entre 200 y 250 tabacos al día.

Fue en aquellos días mellizos, tan parecidos entre ellos y, sin embargo, diferentes, cuando empezó a reconocer las diabluras del tabaco y la jerga que utiliza para transmitirte sus caprichos. Sentaba durante horas y horas toda su juventud, y lo poco que quedaba de su jibarizada infancia, frente a la mesa del torcedor y ante sí desfilaban una innumerable variedad de tabacos, hojas y más hojas, todas diferentes pero que, poco a poco, fueron cogiéndole la confianza suficiente para mostrarle sus secretos y particularidades: el color, el tamaño, la forma del óvalo, el grueso de sus venas, su aroma en frío, el tacto de sus aceites… Secretos revelados en combinaciones que llegan al infinito.

Por eso, cuando se aparece, en medio de la noche, el sabor soñado, hay que plasmarlo en un papel diseccionándolo de cabeza, recorriendo con la memoria el almacén de pacas de tabaco de Davidoff en busca de los ingredientes que te lleven a alcanzarlo, igual que un alquimista que tantea sus frascos de esencias para materializar una nueva idea que, esta vez sí, le proporcionará la fórmula de la piedra filosofal. El resultado de aquel sueño era una lista de nueve tabacos.

¡Nueve! Una capa, dos capotes y seis hojas en la tripa.

Eladio arrancó el ordenador para copiar la fórmula y darle a aquel sabor soñado un soporte más seguro que el burdo papel que se disponía a compartir con sus colaboradores (aunque confiaba más en su cabeza que en la informática). Abrió un documento que tituló “Cigarro 60 aniversario”, tecleó la lista de tabacos, grados, vegas y añadas, y largó la hoja a Ignacio.

–  Traed unas muestras – les dijo a sus compadres. – Vamos a fumarlo en grado puro

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