Da gusto con esa gente honesta que hace lo que dice y dice lo que hace

He dejado de mover el blog unas semanas que espero sepáis perdonar. He tenido trabajo… Uno por el que me pagarán (o no, ya se verá) me refiero, aparte del entrenamiento de mi perro asesino, que me lleva mucho tiempo, y la tarea diaria de cantar en la Renfe con mi compañero acordeonista Constantinu Pituduru, que es, hoy por hoy, mi principal ocupación.

Con la que me gano la exigua soldada. La vida bohemia es rica en pobreza.

Tengo pendiente publicar la última cata ciega de Burkina, que lo haré esta semana, y convocar la siguiente. También. Lo tengo en mente.

Pero antes, voy a compartir con vosotros algo que sé desde que empecé a tener inquietud por el tabaco y que ya he dicho alguna vez, pero en lo que me veo en la obligación de incidir porque es una seña de identidad del cigarro premium: cuanto más aprendo sobre tabaco, menos sé; cuando por fin creo haber encontrado una norma que se cumple en el tabaco siempre, el tabaco se empeña en desarmarla; cuando pienso que las cosas son de una manera, resulta que no, que en el tabaco, como en Cuba, todo es sí y todo es no.

Y es genial, en verdad. Es una vacuna contra expertos. Un incentivo para la mente inquieta.

Porque aquí no hay más experto el que sabe lo que le gusta y, frente a eso, están sólo los listos que todo lo saben o los que quieren vender algo.

Y lo digo por los cepos regordos. Los ceporros. Ya sabéis. Los he criticado y mucho y me he esmerado en que la crítica tenga una lógica y una base que, de nuevo, viene el tabaco y me desmonta. Porque el tabaco es así de cabrón. “Todo el mundo habla de tabaco, pero ¡ay! si el tabaco hablara“, decía Imeldo Rodríguez, entrañable maestro tabaquero canario.

Entendedme, la pasión a veces me lleva a olvidar que, en el tabaco, la respuesta correcta siempre suscita dos preguntas nuevas por lo que el relativismo es siempre la mejor opción y la solución a cualquier dilema es “depende”.

Así que ya no voy a decir: “El ceporro no es para mí”.

No lo voy a decir más.

Cuando me pregunten “¿Te gustan los cigarros con cepo 60?”, contestaré: “Depende”.

Es la respuesta correcta. ¿De qué depende? Pues de quién sea el fabricante, por supuesto. Si es La Flor Dominicana, de Litto Gómez, diré que sí, que me encantan los cigarros de cepo 60. Este cigarro en concreto:

LFD2

La Flor Dominicana Reserva Especial Gran Robusto (140 mm x 60), una hora y tres cuartos de fumada, en mi caso, claro, que no soy un ansias (quizá a los fumones os duré bastante menos). Y os voy a decir por qué se me hizo de noche disfrutando, alargando la charla con mi amigo Eduardo Mateos, mientras fumaba esta joya:

1.- Porque hablo mucho, sin dejar de atender al cigarro, aunque está tan bien hecho que no se apaga.

2.- Porque soy de aspiración pequeña y me gusta fumar despacio (y, por supuesto, esto no es una crítica a los que fuman rápido que cada uno fuma como más le gusta).

3.- Fundamental: porque ese cigarro, amigos, está LLENO de tabaco.

Parece mentira que haya que realzar este aspecto en un cigarro premium que, por definición y por nobleza, tendría que llegar al mercado siempre desbordante de tabaco, pero es que, por desgracia, en muchas ocasiones no es así. Y en esta receta, Litto Gómez, que es uno de los fabricantes de cigarros más honestos que yo conozco porque, efectivamente, siempre hace lo que dice y dice abiertamente lo que hace, ha puesto bien de tabaco.

Evidentemente, y ésa es una de las razones por las cuales yo prefiero el cepo fino, la proporción entre el formato y la cantidad de tabaco puede llegar a dificultar el tiro. Cuando un cigarro está muy lleno, si no está bien fabricado, puede dar problemas. La solución fácil, para algunos, es vaciar el cañón de tabaco y, por tanto, de sabor (llenarlo de aire), mientras que otros lo que prefieren es fabricar como es debido y así, por muy lleno que esté, el cigarro va como una chimenea.

Olé cigarrazo rematado con una capa Connecticut Ecuador colorada, preciosa, grasa y tersa, delicada y escogida; capote Nicaragua y tripa con tabacos exclusivamente de la finca La Canela que sí es de Litto Gómez, la tiene en Tamboril, Santiago de los Caballeros, Valle del Cibao, República Dominicana. Leo, además, por internet (aunque lo voy a soltar con reservas), que la tripa tiene Piloto Cubano dominicano que es uno de los mejores tabacos del mundo, de los más caros por su bajo rendimiento y con un sabor meloso que, cuando uno lo fuma en grado puro (como yo he tenido la suerte de hacer), parece que está metiendo la narizota en un ramo de flores.

Fantástico cigarro. Id a probarlo, por favor. Por 10’95 euros es un puto chollo. Pocas atracciones hay en España que den hora y media de diversión plena por 10’95 euros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *