Hay cigarros que se sueñan (4)

Hay cigarros que se sueñan, pero después hay que convertir la materia de los sueños en realidad. Al fin y al cabo, los sueños se construyen con los pensamientos que, por una razón u otra, guardamos en nuestra bodega personal, esos que no compartimos porque pertenecen a nuestra esfera más íntima o nos hacen vulnerables, como el deseo o el temor, o porque nos despiertan ilusiones que puede que los demás no lleguen a comprender o, ¿por qué no decirlo?, porque nos aplicamos un velo de censura que nos impida mostrarnos como realmente somos.

Nada más personal que la creación de una liga para un cigarro nuevo. Todo máster blender, como todo artista, se presenta desnudo ante el problema de la creación: satisfacer a los demás o a uno mismo. Al fin y al cabo, un cigarro se elabora para ser vendido y fumado, que a los consumidores les guste y vayan a comprarlo, al menos, dos veces. Puede pasar que lo que al artista le parece una genialidad, sin embargo, no cuaje entre los que, después, tienen que refrendarlo con el éxito comercial y el máster blender no tiene más remedio que intentar ponerse en la piel de los que hoy compran los cigarros en las tiendas.

Sin embargo, Eladio Díaz, máster blender de Davidoff, no se enfrentaba ante ese problema cuando de lo que se trataba era de la creación del cigarro conmemorativo de su cumpleaños. Al contrario: podía desarrollar la ligada que a él le pareciera mejor ya que aquellos tabacos no se destinaban en principio al mercado, sino a agasajar a visitas importantes y, sobre todo, a amigos de Davidoff. Aunque no eran pocas las ocasiones en las que los jefes de Suiza habían decidido comercializar esas ligas en forma de ediciones limitadas muy especiales, como los Davidoff dedicados a los años nuevos chinos o la diadema fina conmemorativa del 50 aniversario de la compañía. Esos, y algunos otros, había sido originalmente pensados, o tal vez soñados, para formar parte de la colección de cigarros del cumpleaños de Eladio.

Sin tener la obligación de mantener una consistencia, aunque también en las limitadas hay un estándar de calidad y un espectro de sabor por el que una producción limitada de cigarros debe defender el prestigio de la marca, las variables eran casi infinitas, tantas como tabacos, nuevos y antiguos, tiene almacenados en paca Davidoff para garantizar la consistencia de sabor de sus puros. Ese stock tremendo, inabarcable, que sin embargo Eladio conoce como la palma de su mano, es lo que diferencia un cigarro valioso, con soporte, con base, con ciencia, de uno que resulte marketiniana y sencillamente caro.

– Creo que lo tengo, Griselda – le había dicho ufano a su mujer antes de salir de casa, con esa voz profunda, de fondo de cueva, que es un eco de sí misma, sin dejar de sentir el calor del papel en el bolsillo de chacabana.

– ¿Qué es lo que tú tienes? ­–. La pregunta de la mujer sonó a mera cortesía, como si de nuevo hubiera iniciado hacia atrás el camino del sueño.

Un tabaquito muy dominicano, un homenaje a mi tierra. Un cigarro con base en el fértil valle del Cibao, la espina dorsal agrícola del país, doscientos kilómetros de tabacal, arrozales, matas de guineo y aguacate, inmensos samanes, el árbol sombra que cobija al ganado en las horas duras de calor, y obscenos y coloridos flamboyanes. Sabor puro a El Cibao, donde se cultiva el mejor tabaco del mundo (acaso no podía él pensar aquello con total legitimidad), a las entregadas vegas de las riberas del Yaque y del Yuna, de Bonao a Navarrete, de Mao a Villa González… Sabor al verdadero oro de Dominicana, que es el tabaco.

Eladio llegó a su despacho, en la segunda planta de la fábrica, junto al de Henke, se toco el pecho en busca del crujido el papel y, sin más espera, se fue a buscar a los supervisores de la galera.

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