De Segovia, el buen paño

Javier Figueredo – Estanco Mayor.
Calle Isabel La Católica 3
Segovia

LOCALIZACIÓN EN GOOGLE MAPS

Quien no conoció el Siglo de Oro, vive la edad de plata como un descanso dorado al frenesí de los años en que era comercial. Ahora, ubicado en la mejor zona de Segovia, Javier Figueredo trabaja, y bien, el mundo del tabaco: con ganas y con ilusión

Solía decirse antes, en tiempos que ni siquiera yo he conocido (ya no voy a decir Javier Figueredo que es insultantemente más joven), que “el buen paño en arca se vende”. Y así debía de ser. Yo no lo sé. Algo he oído. Desde que conozco el mundo del tabaco, como se dice en la primera página del Quijote, yo no oigo más que “duelos y quebrantos los sábados”. Antes. En aquellos años dorados que Javier Figueredo tampoco vivió, porque él es estanquero desde 2008; en un Siglo de Oro de poetas y soldados, el que cita ese otro gran castellano universal que es Jorge Manrique en el inicio de las “Coplas por la muerte de su padre” cuando dice que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Puede que fuera cierto: un tiempo en el que el buen paño, y el de Segovia es el mejor, se vendía solo. La gente entraba y lo compraba.

El estanquero tan sólo tenía que expenderlo. Así de sencillo. O eso se piensa.

Javier Figueredo, estanquero de nuevo cuño, no ha conocido aquella Edad de Oro. “Cuando yo compré el estanco, ya no se podía fumar en los bares”, dice, así que desconoce si es verdad que hubo una época en que los Ducados volaban del estante y los maravedises rebosaban la bolsa; no se para a pensar en si eran Molinos o gigantes, ni en lamentarse por los azarosos designios de la diosa Fortuna mientras contempla “los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados por quien caduca ya su valentía”, que escribió Quevedo.

Yo lo que sé”, me cuenta, “es que trabajaba de comercial y que me pasaba cinco días a la semana dando vueltas por España. Necesitaba estar en mi casa, con mi mujer y hacer una vida normal. Ya estaba a punto de coger otro trabajo de comercial, cuando me salió lo del estanco y no me lo pensé”. Y, así, regresando al Siglo de Oro, Javier cambió el “frenesí por la ilusión” (lo que traigo a mi texto con permiso de Calderón de la Barca, claro, porque a la ilusión a la que se refiere Segismundo no es a la “cándida esperanza”, sino a “una sombra, una ficción”… Ya sabéis “y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”. Al fin y al cabo, un nuevo comienzo es un sueño en potencia de cumplirse.

La Calle Real

El estanco Valle no podía estar mejor situado en una de las ciudades más bonitas de España: la Calle Real de Segovia. Nada menos. “Que no, que no se llama así”, me informa Javier, “que es la calle Isabel la Católica número 3”. Oficialmente, claro, pero la calle Real de toda la vida, la cuesta que sube desde el Azoguejo, donde está el Acueducto, hasta la plaza Mayor. Su estanco, estrecho pero bien aprovechado, está casi, casi ya en la plaza. De frente, desde la puerta, se asoma la Dama de las Catedrales, el imponente perfil que reina en el animado vermut de los fines de semana de la plaza segoviana.

Estamos a un paso de la plaza, por eso le cambiamos el nombre a Estanco Mayor”. La ubicación es privilegiada, ya que es paso obligado, ya no sólo para segovianos, sino para turistas y visitantes. “Los fines de semana, sobre todo por la gente que viene de Madrid a comer, son los días de más venta. Eso te obliga a abrir, claro, pero es que yo me metí en el estanco para trabajarlo y eso es lo que estoy haciendo”.

Trabajar el estanco, lo que en su opinión no significa convertirlo en una tienda de venta de productos de impulso como un bazar chino, sino en “especializarme, formarme, informarme, dedicarme, hacerlo bien y fidelizar al cliente”. Es una de las señales de identidad de la excelencia profesional: “Hagas lo que hagas, te dediques a lo que te dediques, hazlo bien. Si no te gusta, búscate otra cosa, pero mientras lo estés haciendo, procura hacerlo lo mejor que sepas”. Pero es que, además, a Javier Figueredo siempre le ha gustado el tabaco, sobre todo los cigarros, incluso cuando no tenía relación profesional con el mundillo. ¡Y el vino! Como a todo buen castellano que se precie. El paralelismo entre el mundo del vino y el del cigarro, además, hace que sean dos productos llamados a convivir.

Implicación personal

Fácil no hay nada, eso está claro, pero yo me metí en el estanco para trabajarlo y es lo que estoy haciendo. Me he apuntado a todos los cursos de formación que ofrece Habanos, por ejemplo. Voy a las catas, me intereso por los productos que me traen los promotores, me llevo cigarros nuevos para probar en casa y conocer cada vez más de forma que, después, mi cliente esté bien aconsejado y vuelva contento, confíe en mí y repita”. Que es lo que sucede, porque Javier ha comprendido, en poco tiempo, la especial naturaleza individualista del producto que trabaja: un estanquero que quiere vender cigarros, a pesar de que hoy por hoy no es un buen negocio (con un 9% margen y esa rotación de stock planetaria) debe implicarse de forma personal.

Pero, ya lo decía Manrique, justo antes de aquellas glorias del pasado que Javier no cató, “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte”, hoy el mercado de cigarros premium en Segovia es más dinámico porque hay quien pone empeño. ¡Y ya tiene su mueble para los espirituosos de alta regalía! Las dificultades para el consumo son las mismas que hace ocho años, ya se sabe, pero las ganas de trabajar se han duplicado. Además, siempre con respeto a sus compañeros, Javier tiene su pequeño segundo canal, que sabe tratar bien porque, no hay que olvidarlo, él ha sido comercial toda la vida. El buen paño, en Segovia, también hay que venderlo.

Son tiempos nuevos, no cabe duda, y seguro que todavía nos esperan más sorpresas y, por desgracia, algunas muy desagradables ya las vemos en el horizonte, empujadas por ese Poderoso Caballero que es Don Dinero, pero, poetas y soldados castellanos, podemos sentarnos a llorar con Garcilaso de la Vega por Orfeo y Eurídice, “Si quejas y lamentos pueden tanto que enfrenaron el curso de los ríos”, o mirar hacia delante tomando el ejemplo de proeza de todo un pueblo:

-¿Quién mató al Comendador? Fuenteovejuna, Señor. -¿Quién es Fuenteovejuna? -Todo el pueblo, a una“.

Al comendador, decía Lope de Vega, que conste. No al Comisionado.

TEXTO PUBLICADO EN LA BOUTIQUE DEL FUMADOR. Edición 284. Febrero de 2016.

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