Hay cigarros que se sueñan (2)

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Hay cigarros que se sueñan y aunque parezca irreal, es en ese tiempo etéreo de lo onírico cuando el paladar está más limpio y la nariz, más despejada. A cambio de está agudeza sensorial, la información que se ofrece es volátil y hay que atraparla con rapidez, sellarla en un papel con exacta fidelidad al dictado del subconsciente, evitando las contaminaciones lógicas que, con su cedazo de realidad, aplican la razón y la vigilia para tamizar lo posible de lo deseado, lo sesudo de lo inalcanzable. Y hay que hacerlo antes de regresar a la cama a terminar de dormir, que es el olvido, porque a la mañana siguiente el sueño podría haber desaparecido del todo o presentarse en la memoria con lagunas que lo hagan inservible.

Por eso, cuando Eladio Díaz, máster blender de Davidoff, despertó aquella noche a las tres y media con la boca llena del sabor del cigarro que estaba buscando para celebrar su sesenta cumpleaños, se precipitó sobre la mesita de su habitación, sacó papel y lápiz y dejó escrita la fórmula como para enviarse un mensaje a sí mismo en la otra orilla del sueño: a la mañana siguiente, se la encontraría sobre la mesa para confirmarle que, efectivamente, había sucedido, que aquella noche los ángeles le había soplado al oído la ligada del cigarro celestial que había estado buscando.

Se levantó pronto, como cada día, como todos los que, en toda su vida, no han hecho otra cosa que trabajar y él había comenzado hacía ya más de medio siglo, con Don Pachito, en el mundo del tabaco. Primero había aprendido a despalillar, después le enseñaron a separar la hoja por tamaños y calidades. A los 10 años, ya era torcedor de puros. Hoy, en República Dominicana, los torcedores trabajan por parejas: el bonchero, que pone tripa y capote e introduce el cigarro en el molde, y el rolero, que pone la capa, una tarea quizá más rápida, pero para la que se precisa más habilidad.

Cuando a los 10 años, Eladio roló su primer cigarro, cada torcedor hacía la tarea completa. Colocaba con maña los tabacos de la tripa en el empuño, ordenados por piso foliar, los atrapaba en el capote sin ayuda de una bonchera y, después del molde, enrollaba la capa. Por eso, a Eladio, que ha torcido muchos cigarros en su vida, los roleros de Davidoff saben que no pueden venirle con vainas: no valen las excusas, Davidoff te ofrece todo, pero no se conforma con cualquier cigarro.

Por eso es Davidoff.

Ya estaba vestido y preparado para salir a desayunar cuando, al ir a coger su reloj que, como cada noche, había dejado sobre la mesa, se encontró el papel con la fórmula soñada. Eladio se detuvo un momento para recordar. Era cierto. Había sucedido. Recogió el papel pero, antes de meterlo en el bolsillo de su camisa, le echó un último vistazo.

Un poco estrafalario, sin duda – se dijo para sí –. Quizá demasiados tabacos, pero puede funcionar.

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