Hay cigarros que se sueñan (3)

Hay cigarros que se sueñan y su esencia debe atraparse rápido, antes de que el sueño se enmarañe, antes de que la razón y la lógica lo contaminen, lo hagan posible e irremediablemente, se pierda en ese tiempo irreal que existe entre la vigilia y el descanso. Bajo la blanca luz del flexo, Eladio Díaz, máster blender de Davidoff, había dejado grabado en el mármol de una hoja arrancada de un cuaderno la combinación de tabacos que un ángel le había dictado mientras dormía.

No era la primera vez que le sucedía, pero tanto en esta ocasión como en las anteriores, encontrarse a la mañana siguiente con el papel escrito sobre la mesa le producía una sensación que mezclaba la sorpresa y la satisfacción. Agarró el papel sintiendo la suave caricia de su tacto en las yemas de los dedos, igual que si acariciara la tersa piel de la capa de un cigarro, y lo metió en el bolsillo superior de la chabacana para notar sobre su pecho su presencia palpitante durante todo el trayecto desde Santiago hasta Villa González, donde se encuentra la fábrica de Davidoff.

Como cada día, el tráfico de la ciudad de los Treinta Caballeros era disparatado y ruidoso: conchos abarrotados de trabajadores que zigzagueaban sus rutas de un carril al otro como balas perdidas, motocicletas familiares con más pasajeros de lo que es posible concebir y “jeepetas” cuyas cargas desbordaban el pick up trasero de tal forma que suponía un desafío insensato a toda la física del equilibrio.

Ajeno a la locura, Eladio se dirigió a la Circunvalación Norte. Se daba más vuelta, sin duda, pero después el tráfico era más sosegado. Además, pasar por delante de la salida de Tamboril le traía buenos recuerdos. La pequeña ciudad satélite de Santiago se dice a sí misma “Capital mundial del cigarro hecho a mano”, pues, según parece, es donde hay más fábricas de puros por kilómetro cuadrado. También él había trabajado allí, en la fábrica de Viktoria, donde a los quince años ya era el torcedor más veloz y preciso de todos los de la plantilla. Llegó a superar los 1.000 cigarros diarios, lo que le proporcionaba un sueldo de 40 a 50 pesos que él entregaba íntegramente a su mamá.

Con la voz relajada y atiplada de Silvio sonando en la radio, ya cerca de la carretera que lleva a Navarrete y Puerto Plata, Eladio se volvió a tocar el bolsillo superior de la chacabana para que el crujido del papel le advirtiera de que el futuro cigarro seguía allí, esperando ese instante cenital en que los sueños se convierten en realidad.

VIENE DE LA SEGUNDA PARTE

IR A LA CUARTE PARTE (Aún sin publicar).

2 comentarios de “Hay cigarros que se sueñan (3)

  1. Asier abad dice:

    Yo aun sueño con el olor a tabaco negro de los cigarros de mi( aitite )abuelo aun hoy sin querer voy en.su busca,y cuando algo se,asemeja mus,alas se,abren y vuelo junto.a,el.
    Que no pare la musica…
    Nunca,dejes,de bailar javi…

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