Hay cigarros que se sueñan (5)

Hay cigarros que se sueñan, quizá tú lo supieras. Yo ni lo sospechaba. Nunca he creído en los sueños como destino, sino como reflejo de una realidad escondida, creencias reprimidas por el ego que encuentran en las rendijas del descanso, cuando la censura baja la guardia, la oportunidad para ocupar en el primer plano de la consciencia. El sueño nace así del día a día, de nuestros deseos, de nuestros temores, de nuestras preocupaciones y tareas pendientes y su contenido se alimenta de nuestra rutina, se ceba como una bomba con el empeño, la dedicación y la entrega o con la amenaza, el reproche y la advertencia. Un sueño, como un cigarro, también puede ser el resultado de doscientos pares de manos acariciando cada pensamiento como si fueran hojas.

Tal vez por eso, en ocasiones, los sueños del master blender de Davidoff, Eladio Díaz, se alimentan también del tabaco. “El tabaco es un chismoso”, dice el gran Néstor Plasencia, probablemente el mayor cosechero de tabaco del mundo, “lo cuenta todo”. Y así es y, por eso mismo, le contesta Eladio, con su voz oscura de cueva: “Estamos siempre aprendiendo. Siempre aprendiendo” porque por muy master blender que se sea, por grande y reconocida mundialmente que sea la marca para la que creas mezclas, es el tabaco el que te dice lo que tienes que hacer y lo que no.

Y, a veces, te lo dice en sueños. Después llegas a la fábrica, como cada día, entre las siete y media y las ocho de la mañana con el papel palpitante en el bolsillo superior de la chacabana, pero ahora estás despierto. Un maestro de ligas tiene necesariamente una pátina de artista y crear un cigarro, por tanto, tiene algo de creación de una obra de arte. Los tabacos que se van a mezclar son como los textos que van a nacer, cuyas letras apenas asoman por el tintero; como cuadros que esperan atrapados entre las cerdas de un pincel o como esculturas que luchan, igual que el Laoconte, por desembarazarse del peso de la roca que les sobra para emerger bajo ella.

Con el papel del sueño caliente sobre la mesa, Eladio se sirvió un café y prendió un tabaco, como cada mañana, el cigarro que le tocaba fumar. Uno de sus roles en Davidoff es vigilar la consistencia de las ligas. Los cigarros no son tornillos y tuercas, en su producción no intervienen tecnologías de precisión ni máquinas ni inteligencias mecánicas que no sean las extremidades nerviosas de los doscientos pares de sabias manos que manejan la materia prima en cada uno de los pasos de su intrincado proceso.

Las cosechas cambian de año en año y el mismo tabaco, la misma semilla, nacido en la misma tierra, criado por el mismo cosechero, se comporta de una manera distinta cuando llega al proceso primario. Es un producto vivo que hay que recalibrar para que el sabor de Davidoff no cambie, porque los cigarros no son tornillos ni tuercas, pero Davidoff es siempre Davidoff.

Eladio saboreó su cigarro, lanzó dos tubos de humo por la nariz y empezó a activar sus recuerdos. Estaba probando un proyecto nuevo de capa Ecuador para una línea clásica de la marca. Eulogio Toribio e Ignacio Vázquez entraron en su despacho en el mismo instante en que él daba el visto bueno definitivo a la ligada.

– Buen día. ¿Y usted?
– Buen día, amigos. Bien, gracias a Dios ¿y ustedes?
– Bien, gracias a Dios.
– No os quedéis parados – les ordenó–. Tomad. Fumad esto y decidme.

Los jefes de galera tomaron su asiento con parsimonia, tranquilos, relajados, no como quien se sienta ante un juez, sino como quien espera aprender algo nuevo de un maestro. Eladio conocía su trabajo. Él ya había trabajado de jefe de galera en la Compañía Anónima de Tabacos, en los años 80, después de culminar su carrera de tabaquero cum laude a las órdenes de Manuel Quesada, otro grande del tabaco, en MATASA. Con Eladio se podía estar de relajo y no eran pocas las veces en que era él mismo el que empezaba la broma, pero no aceptaba que le anduvieran con vainas. Antes de sentarse, ambos ya habían visto el papel brillando sobre la mesa e intercambiaron una mirada cómplice.

– ¿Lo tienes? – preguntó Eulogio señalando el papel con la nariz.
– Eso creo – contestó Eladio ofreciéndole su encendedor de mesa.
– Pero… Lo soñaste.
– Sí. Un sueño algo estrafalario, pero puede funcionar.

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