Hay cigarros que se sueñan (6)

Hay cigarros que se sueñan y que nunca llegan a quemarse. Otros, sin embargo, sí recorren el camino completo que cruza la frontera entre lo onírico y lo real, se sustancian, logran hacerse materiales hasta trasvasar su alma cenicienta a otro cuerpo a través del rito milenario del sahumerio. Eladio Díaz, maestro de ligas de Davidoff, lo hace cada mañana en su despacho, cuando el paladar está fresco y la nariz y sus conexiones con la memoria despejadas como una playa blanca de Samaná.

Es a esa primera hora, recién llegado a la fábrica, cuando funcionan mejor los sentidos y se puede notar de manera más precisa su filo sutil desmembrando el sabor del cigarro, separando aromas en el hipotálamo con destreza cirujana. En ocasiones, como la presente, fuman en equipo, comparte con Eulogio e Ignacio, que conocen bien el tabaco y saben engrasar el coloquio de la cata con sus acertados comentarios sobre la calidad del humo, pero otras veces cumple con esa tarea en completa soledad o, como mucho, se hace acompañar del eco sostenido de la voz de Maria Callas en el fondo de la fumada.

La tarea no es sencilla. Conseguir que Davidoff, pase lo que pase, dé las vueltas que quiera dar el mundo, siga siendo Davidoff, el sabor que convenció a Zino y al doctor Schneider, aquel día inolvidable, de que el futuro de su marca pasaba por Tabadom. Todos esos buenos recuerdos viven encerrados en ese sabor que activa la memoria, con la voz de la Callas de fondo llenado los espacios vacíos entre el humo. Su vida cambió cuando el ingeniero Hendrik Kelner le ofreció fabricar la marca del pianista armenio Avo Uvezian, en la Hoya del Caimito, cerca de Tamboril. Después llegaron los Griffins y, finalmente, Davidoff.

Eladio tiene siempre presente la figura elegante de Zino, su pelo canoso y abundante que le crecía desde tan abajo que apenas dejaba espacio para los surcos de su frente; sus cejas tan pobladas sobre unos ojos pequeños, brillantes, que disparaban una mirada penetrante y llena de preguntas, de agudeza e inquietud. Siempre correcto, siempre atento, siempre amable, nunca nadie le vio un mal gesto, nunca se le oyó decir una palabra más alta que otra. Para todos tenía una respuesta acertada, y no por su contenido, sino por la bella forma de expresarla.

Aquel día inolvidable, ese hombre, Zino Davidoff, apretó las pronunciados grietas de su rostro indiscutiblemente eslavo, y dijo: “Es el mejor cigarro de mi vida”.

Ese sabor.

Soñado, quién sabe, esa noche y resumido en una fórmula escrita en un papel sobre su mesa.

–  Traed unas muestras – les dijo a sus compadres. – Vamos a fumarlo en grado puro.

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