La deliciosa intranquilidad de lo incierto

Anoche tuve el inmenso placer de cenar con alguien con quien me siento en deuda perpetua (más que nada porque es un facilón). Y es que se deja querer: Daniel Guerrero, el Noi de la Mina, un tipo que siempre y en cada una de las ocasiones en que he acudido a él para pedir sopitas, me ha echado más que una mano.

Y de eso no hay mucho.

Al Noi se le quedaba pequeño el estanco, porque tiene un espíritu y una valentía que desborda por encima de un mostrador, y dejó su floreciente negocio en el Poble Nou de Barcelona, donde se había convertido en una referencia, sobre todo, con el tabaco de shisha, para embarcarse en algo mucho más grande: crear su propia marca de cigarros premium.

A falta de una, El Viejo Continente, que, por cierto, tiene un formato lancero que no debéis perderos, dos: The Circus, un Nicaragua distinto.

Siempre me ha dado mucha rabia la rapidez con que ponemos etiquetas en España, que en el fondo no es sino la demostración de una mentalidad llena de prejuicios y muy poco atrevida. Cuando hay algo nuevo, en lugar de probarlo a ciegas, a muerte tamboril, cañones a la derecha-cañones a la izquierda, y valorarlo por lo que de verdad ofrece, sentimos esa necesidad del entomólogo de clasificar, categorizar, colocar en el archivo en su letra las experiencias como si cualquier conocimiento previo a la prueba en sí nos fuera a dar alguna información válida que nos proporcione la tranquilidad de la certidumbre.

¿Dónde queda ese espíritu de aventura? ¿Dónde la mentalidad abierta a lo nuevo, a lo distinto, a lo variado, a lo mestizo? ¿Dónde la deliciosa intranquilidad de la incertidumbre, aquella que invadió tu espíritu tu primera vez?

Charlando durante la cena con Dani y con Yolanda, su mujer, salió a colación, por supuesto, mi monotema de las últimas semanas: que estoy a régimen (que sí, pesado, que ya lo sabemos). Entended que buscar el refuerzo positivo ayuda mucho en estas delicadas situaciones.

De hecho, actualmente peso 98’8 kilogramos. Sigo GOOOORRRRRRRDDDDDOOOO, pero ya estoy lejos de los 109’2 que llegué a pesar.

Lo cuento porque ni siquiera elegí mi plato. Me lo escogió Yolanda: una merluza en papillote con verduras y fruta que estaba buenísima. No me lo pensé. Nunca en mi vida he sido tragaldabas e, incluso, he de reconocer que de niño era bastante hijoputa para comer (mi pobre madre). Pero todo eso se me pasó un buen día en que me di cuenta de que todo, todo, todo está bueno. Pasé de no querer comerme el besugo al horno de mi madre (si era yo gilipollas redomado) a pedir a dedo en Liubliana (Eslovenia) sobre una carta escrita en serbocroata.

La mejor forma que hay de probar algo nuevo: completamente a ciegas, sin saber qué te van a traer, que lo mismo podían ser unas criadillas o una crema de verduras, porque el serbocroata es un idioma deficitario en vocales que no sabe uno ni siquiera cómo se entienden entre ellos. No os cuento lo que me trajeron. Sólo os digo que estaba de muerte.

Y, así, donde he ido (y puedo decir que he visitado ya más de cincuenta países del mundo en cuatro continentes), he comido bien y alguna que otra guarrería en plan grillos, gusanos y cerdadas del estilo. Muy ricos.

Viene a cuento, porque cuando uno se enfrenta a la fumada de un cigarro nicaragüense, tiene una información en la cabeza que inmediatamente aplica y condiciona, quieras o no, el sabor del cigarro. Pero no hay un nicaragüense típico. No es verdad. No hay por qué buscar siempre en el tabaco nica sabores abruptos a tierra seca, volcánicos, ni fortaleza ni, por supuesto, tiene comparación posible con otras denominaciones de origen con las que, a menudo, se tiende a medir.

No existe ningún débito ahí, ni tiene por qué ser un mérito, cuando lo que se está haciendo es proponer un sabor nuevo, distinto y magnífico. The Circus es un puro escrito en serbocroata. No es un cigarro de Nicaragua de gran fortaleza, sino de equilibrio que ofrece un picor muy gustoso al principio, como le pasa a muchos cigarros de muchas procedencias (y es algo que tiene que ver con la forma de torcerlo), que después se diluye para dar paso a sabores suaves, amaderados y cremosos. Siento que en la foto no se vea bien la preciosa capa colorada, color arcilla, de semilla HVA cultivada en Nicaragua. He intentado retocar la foto para sacar esos tonos rojizos brillantes, pero soy un torpe. Quizá os podáis hacer a la idea en esta foto.

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Me preguntó Dani qué me parecía, como si mi opinión fuera importante, y yo le respondí: “Como dice Eladio Díaz, el master blender de Davidoff, este cigarro es una muy grata compañía“. Como su creador.

Me lo fumé antes de cenar, acompañado de un agua mineral con gas (estoy a régimen) que, por cierto, es una muy buena opción para fumar porque limpia muy bien el paladar a cada trago. De hecho, en el panel de fumadores de La Aurora, lo que se bebe es agua mineral con gas. No se busca el maridaje, la combinación de sabores, sino sacar al cigarro cada uno de sus matices.

The Circus no es un cigarro que dé una gran complejidad de sabores, ni lo necesita, ni tampoco aporta mucha fortaleza, el eco de los volcanes suena lejano mientras lo fumas, pero tiene equilibrio, tiene aroma y su fumada es plácida y redonda.

Y es Nicaragua, pero es que en Nicaragua hay tantas Nicaraguas distintas que es inútil que intentemos archivarla en la N.

Gran cigarro, Noi.  Y fantástica anilla, por cierto. ¡Vamos a hacer cosas distintas!

Un comentario de “La deliciosa intranquilidad de lo incierto

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