Lo viejo

Hablando de lo viejo, sábado, 9 de noviembre. Festividad de la Almudena: ¡felicidades Almudenas!. Fiesta en Madrid: ¡felicidades a todos los gatos! Hace 30 años que cayó el Muro de Berlín y tres ya, ¡tres!, que Donald Trump ganó las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Cecilia canta el ramito de violetas y Luis Blanco Vila, mi padre, cumple 83 castañas.

Felicidades, viejo.

Hablando de lo viejo, decía, ese es nuestro mercado. Yo entiendo que las casas nos marean con novedades, novedades, novedades, aunque muchas de ellas no son tan, tan, tan nuevas. Quiero decir que, en mi opinión, algo novedoso es algo nunca antes visto. La mera copia de algo que han hecho otros y les ha funcionado, no es nuevo.

Novedoso, para mí, es Nick Melilllo, el nieto de los Stinky Italians.

Sus cigarros, The Foundation Cigar Company no han llegado a España.

Es muy difícil, en verdad, innovar en el mundo del tabaco. Este es un arte en el que es imprescindible el conocimiento de la tradición y de los métodos centenarios de fabricación si se quiere, de verdad, sacar los pies del tiesto con sentido. Si no hay un conocimiento profundo, la innovación es una chorrada como un piano y si tiene acierto es fruto de la casualidad.

Melillo no es un revolucionario, sino un evolucionario: parte de la tradición nicaragüense y le da una vuelta de tuerca.

Tengo algunos ejemplares de este maravilloso cigarro en mi casa guardados. Y como dice el maestro Eladio Díaz, master blender de Davidoff, cuando le gano jugando al dominó: «¿Os molesta esto?«.

Salvo este caso, el de Nicholas, y alguno más, cuando vienen novedades al mercado no son novedades. Son las mismas ligas usadas por marcas distintas en nuevos formatos. Pero no es nuevo. Es como llevar al McDonalds a saciar la ansiedad de un consumidor ávido de experiencias nuevas y de conocimiento.

Que sí, joder, que el McDonalds está muy bueno y comes y te llenas. Pero no es Viridiana.

Viridiana es otra cosa.

Y no es culpa del fumador. Es fantástico que tú quieras probar nuevos tabacos y saber cada vez más. Tu inquietud te hace mejor aficionado y es una suerte para los fabricantes de cigarros contar con tanta pasión en sus consumidores.

Pero hay que cambiar el chip.

Mirad qué maravilla.

Vegas Robaina Don Alejandro (VG Prominente 194 mm x 49). Yo hace mucho que no los veo. Se los ha encontrado el gran Ander Azpeitia en un buen estanco, Especialista en Habanos, muertos de risa.

Me dice que su novia le ha dado una colleja por comprar estos Dantes.

Yo le he contestado que su novia no tiene ni idea de lo que es la pasión, que la deje y que se case conmigo.

Al loro con los Montecristo Dantés E.L. 2016.

El otro día, me acerqué a ver a Miguel Ángel Barreda, el estanco de Clara del Rey, en Madrid. Miguelón es un gran tipo, y del Atleti, pero es un desastre. Te lo digo con cariño, Miguel.

Ordenando la cava me he encontrado unas petacas antiguas de Davidoff -, me dice.

¿Antiguas? ¿Cómo de antiguas?

Diez años de extra añejamiento en cava. ¿Veis esas anillas? Originalmente, eran blancas. El celofán que se usaba antes no dejaba transpirar bien al tabaco. Los cigarros, en buenas condiciones de humedad y temperatura, es decir, en una buena cava, siguen «trabajando», siguen expulsando sustancias «agresivas», redondeando el sabor y reduciendo la fortaleza de los puros. La prueba de que eso ha sucedido es, precisamente, que las anillas y el celofán amarillean.

La presentación inmaculada de esos tabacos se estropea, da una apariencia como revenida, viejuna, de desván de casa de los abuelos. Es verdad.

Pero el celofán no se fuma. Ni la anilla.

Y el tabaco está de puta madre.

Miguel tiene varias petacas así. Pero, Cuqui Otegui, en la Calle Félix Boix, de Madrid, alguna caja. Mirad:

Al loro con esas advertencias sanitarias. Son de la ley de 1989… Las famosas «esquelas», pensadas para los cigarrillos y, desgraciadamente, impuestas también a los puros que no tienen nada, nada que ver, se implementaron en España en 2003.

Y estoy convencido de que igual que Cuqui y Miguel, tu estanquero de cabezazo, sobre todo si lleva mucho tiempo de estanquero, tiene glorias pasadas como éstas, esperando a que vayas tú a comprarlas.

ESE PARTAGÁS ERA UNA JOYA

Lo viejo. Lo viejo es como mi padre: contemporiza, se dosifica, sabe distinguir lo que es esencial de lo que sólo importa a la incontinente juventud, ha perdido la vergüenza para mostrarse con plenitud, tal y como es, ha evolucionado, sabe que aprenderlo todo no es posible y contagia calma.

Y me resulta curioso que en productos como el whisky y el ron, en los que el añejamiento NO ES ESENCIAL, nos volvemos locos porque la etiqueta dice que tiene 23 ó 75 años, mientras que en el tabaco, un producto en el que el gran valor es el tiempo… Vamos a por lo nuevo.

Y está guay, de verdad que sí, que vengan cosas «nuevas» y las compremos. Que se mueva el mercado y que alimentemos nuestra ansia de saber más. Yo hago lo mismo muchas veces, pero donde esté lo viejo…

Donde esté mi padre, escritor, catedrático de literatura, periodista de la vieja escuela, intelectual y sabio, que se quiten los best-seller.

Felicidades, viejo.

6 comentarios de “Lo viejo

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