No, no es nocilla

Puede que en algún momento de la entrada de hoy pienses que se me ha ido la olla y que no estoy hablando de cigarros. Voy a dar una pequeña vuelta por mi vida personal, a contarte algún detalle de mi día a día, con lo que espero, además, sacarte una sonrisa, pero no voy a dejar de escribir sobre tabaco en toda la entrada.

Como probablemente sabéis, estoy a régimen severo. Debéis de saberlo porque lo he predicado a los cuatro vientos, incluido a este puto Cierzo (porque esta escarcha invisible sólo puede ser aire del Moncayo) que sopla estos días en Madrid y que me ha congelado hasta las mejores intenciones.

Y si no lo sabías, pues ya lo sabes. Me he puesto a régimen. Llegué a mi tope el día que la mentirosa me escupió a la cara los 109’6 kilos, que para mi 1’72 metros es mucho. Me decía el cabrón de David Torres que sería imposible lapidarme porque al lanzarme las piedras, en vez de darme, cogerían mi órbita.

Sin embargo, ni el acertado sarcasmo de Torres ni mi báscula, que seguro que está mal calibrada, me hicieron reaccionar. El punto cenital de mi gordura fue, inmediatamente, ese momento circense, esa maniobra de artillería pesada, que supuso ponerme los calcetines. Todo un número, porque a mí los kilos se me acumulan, sobre todo, en la panza. En verdad, estoy cachas a muerte, parezco el Bicho, pero tengo mucha barriga.

Así que me siento en la cama (porque el dicho de mi abuelo CésarLos caballeros se visten de pie” se ha convertido en un aspiracional), doblo el tronco en la medida que es posible doblar una bola de derribo, intentando llegarme a la punta del pie y no sólo no la alcanzo sino que, en el esfuerzo, noto que rozo la embolia cerebral.

Después, dispongo el calcetín a modo de cazamariposas y lo intento cholar en los dedicos, pero aún cuando lo consigo, no me llego para subírmelo, así que, finalmente, tengo que levantar la pierna todo lo que puedo lo que provoca que me caiga de espaldas sobre la cama y acabe haciendo la croqueta, en dura pelea a muerte como Tarzán con un cocodrilo, con grave riesgo de derramarme al suelo por el otro lado o, incluso, por los dos lados del lecho.

Media hora después, con los calcetines puestos, aún tengo que atarme los zapatos…

Las solución no pasa sólo por hacer ejercicio. Aunque parezca mentira, hago bastante, pero, increíblemente, he seguido sumando kilos hasta llegar a esos 109.6 que marqué poco después de Navidad. Aquí ya dije PROU y, después de unos días buscando cerca de mi casa un centro dietético de garantías, comencé mi régimen el lunes 22 de enero.

Ya estoy en 99.6 kg. He perdido 10 en apenas cinco semanas y sin pasar hambre, aunque con una manera más ordenada de comer, mucha fruta, mucha verdura (pero muuuuuuuuuuuuuu cha) y con el complemento del boxeo y el correr, la cosa parece que funciona. Da gusto verme ahora metiendo todo este cuerpo serrano dentro de unos calcetines o poniéndome esas camisas que, hace un mes, me hacían parecer una morcilla de Burgos a punto de estallar. Y la idea es llegar a los 80 kg. Sí. 80 kg. Aún casi veinte kilos menos.

Todo esto tiene que ver con los puros. Paciencia.

La profesional que me lleva el régimen, Cristina, me da bastante libertad, no me obliga a tomar alimentos desnatados ni light (y gracias porque va contra mi ética personal). Me organiza cinco comidas al día en las que debo incluir cinco piezas de fruta y dos raciones de verduras, obligatoriamente. Y después ir alternando la proteína de carne siempre magra, huevos, pescado blanco, pescado azul e hidratos de carbono.

Ya voy llegando a los puros. Un poco más de paciencia, por favor.

Lo único que me ha prohibido tajantemente es el azúcar. Cero azúcar. Para mí no es un gran sacrificio porque, salvo por lo poco que me echaba en el café, no tomaba nada de dulce casi nunca. No soy goloso. Me cuesta más renunciar a las patatas fritas de bolsa, por ejemplo, que me pierden. Pero, vaya, que ni azúcar ni, por supuesto, alcohol.

Al alcohol volveré. No lo dudéis. Al azúcar… Nunca estuve del todo allí, pero la cuestión es que no es nada fácil prescindir de ella. Si te paras a leer las etiquetas de los alimentos procesados, todo tiene azúcar. Es una pasada. Hasta porcentajes, a veces, difíciles de asimilar, como es el caso de la Nocilla: leche, cacao, avellanas (25%) y azúcar (75%). No sé ni cómo se atreven a llamarlo crema de cacao con avellanas, cuando es crema de azúcar.

Evidentemente, yo no tomo esa porquería. No soy fan. Pero mis hijos sí. Y mucho.

Voy al tabaco.

Mi dietista es una mujer que tiene soluciones para todo y, cuando le comento lo de la Nocilla, me manda una receta para elaborar “Nocilla casera, saludable, sin azúcar“.

Leche, cacao puro, avellanas y dátiles.

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El resultado tiene una pinta cojonuda. Aquí la foto.

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Cuando lo pruebo (yo esta Nocilla sí la puedo comer), resulta que se parece a la Nocilla como un huevo a una castaña. Los sabores que prevalecen en mi “Nocilla saludable” son intensos a avellanas tostadas, con un fondo amargo que le proporciona el cacao y, si acaso, unas puntas dulces por los dátiles.

Pero le falta el 75% de azúcar que tiene la Nocilla.

La prueba de fuego era ofrecérsela a mis hijos. Tuesto un pan, unto bien de Nocilla casera y se la llevo a mi hijo mayor (16 años).

– Eso no es nocilla ni de coña – me dice nada más verla.
– Bueno, hijo, pero pruébala. A lo mejor te gusta.

No me lo dice, pero se sobrentiende: Que la pruebe tu padre.

Voy a por la niña (10 años).

– ¡Toma, hija, nocilla! – y como ella sí es golosa, le encanta el chocolate, le da un mordisco sin pensarlo, sin mirarlo siquiera, casi con ansia. Un buen mordisco que…

… escupe inmediatamente.

– ¡Eso no es nocilla!

Y, claro, no es nocilla. No tiene el 75% de azúcar.

Sin embargo, está buenísima. Yo la mezclo con kéfir o con un yogur artesano de oveja que sólo tiene leche y cuajo, lo muevo bien, y es un manjar. Mirad qué pinta.

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Riquísimo.

Mis hijos, sin embargo, no lo van a volver a probar. No es nocilla.

Y ahí radica el problema, en verdad, en la marca. No, ni es nocilla ni tiene necesidad de serlo. Es otra cosa y está muy bueno, desde un planteamiento de sabor diferente. Me gustaría que mis hijos tuvieran la mente más abierta, pero son niños, para darse cuenta de lo deliciosa que es la nocilla casera de su padre, pero su padre cometió un error grave y que ya no tiene remedio: se lo dio a probar como nocilla y, no, no es nocilla. Es otra cosa.

Tendría que haberlo llamado crema de avellanas y cacao con dátiles. Tal vez entonces su reacción habría sido distinta.

Piénsalo bien. En el fondo, llevo hablando de puros toda la entrada. ¿o no?

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