Procigar 2019. Día 1. House blend

No hay un producto como el tabaco, con todo lo que se quiera decir de él y con toda la controversia que despierta. Nada se le puede comparar. Estoy hablando, por supuesto, de tabaco, no de cigarrillos. Los cigarrillos son otro producto completamente distinto. Creo que quedo claro en “Las diez razones para dejar de llamar cigarro al cigarrillo“. Anoche estuvimos en House Blend, un cigar lounge que llaman aquí, que no es más que una salida legal racional a la prohibición de fumar en hostelería (que también está en vigor en Dominicana) y que en España no se puede hacer ¿Por qué? Porque España se parece cada vez más al reino de Mandrilia.

En fin, no me voy a meter en eso. En Dominicana, se puede. Puede haber un local para fumar puros en el que uno esté a gusto, te sirvan un café, una cervecita… Incluso hasta tiene una cava llena de cigarros, se celebran actividades relacionadas con el tabaco y los destilados. Hay otros parecidos, pero este se llama House Blend.

Vino, por fin, mi pana Emmanuel Díaz, que es responsable de mercados internacionales en La Alianza, es decir, para Ernesto Pérez Carrillo. Me trajo el siguiente pepino:

Rebel Rebellious de Carrillo no es de las marcas de EPC que vienen a España. Es un formato presidente con rabo de cochino (190 mm x 56), un cigarro para fumadores con pelos de una cremosidad apabullante, que pide un trago fresco para cerrar el círculo. Sabores oscuros, a tabaco bien fermentado, quema increíble y lanza una ceniza gris clarita y compacta. Un tabacazo. Lleva capa Broadleaf maduro, capote habano y tripa cien por cien Nicaragua. Ahí estuve con él no menos de hora y media.

Después llegaron otros dos buenos amigos de mi etapa dominicana: Wascar Aracena, brand ambassador de La Aurora, y Willman Hernández, gerente de calidad de La Aurora.

Y como somos muy pesados y muy frikis, estuvimos hablando de tabaco, de tabaco y, después, de tabaco. Y por eso he empezado diciendo que no hay un producto como el tabaco. Si fuera yo capaz de contaros cómo en el proceso, desde la semilla al cenicero, que es cien por cien manual, hoja a hoja, cada cigarro lo tocan muchos, muchos pares de manos, algunos dicen que 200 pares de manos. El tabaco es un producto que no está hecho a mano, sino hecho a mano, tras mano, tras mano, tras mano, tras mano, tras mano, tras mano… Parezco Bart Simpson escribiendo en la pizarra. Pero así es.

Y, sin embargo, con experiencia, con paciencia, con tiempo, con un buen sistema, a pesar de los 200 o 300 procesos diferentes a los que se somete la hoja para que dé el resultado deseado, es posible garantizar la calidad en un 99% hasta el punto de que, en una buena fábrica, como en La Aurora, gracias a tigres como Willman, hay una trazabilidad perfecta del producto. Eso significa que si pasara, que no suele pasar, que a ti un cigarro de La Aurora te diera un problema (insisto en que no pasa, pero si pasara), con el código de la caja, Willman puede trazar el proceso hacia atrás hasta encontrar dónde y por qué ha sucedido eso.

Y eso es casi ciencia ficción. Un control de calidad total, científico, con todos los puntos de riesgo del intrincadísimo proceso, esos en los que el tabaco corre peligro de malograrse, perfectamente localizados y todo, como el mismo producto, implantado de forma manual. Cigarro a cigarro. De esa fábrica, amigos, no sale un puro malo.

Después, te puede gustar más o menos, pero como bien dijo Wascar, y estoy de acuerdo con él, el único puro malo que hay es el que no tira. Lo demás, son gustos.

Por cierto, Willman me trajo estar maravilla que, por supuesto, me fumé tan a gusto.

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