Procigar 2019. Día 5. Mi primo José

Ha sido un sueño breve mi regreso a Santiago de los Caballeros, pero lleno de contenido. Tanto que creo que tendré aún que escribir unos cuantos post con el título «Procigar 2019. Día X» hasta el día 20, como si siguiera allí. No hay espacio ni tiempo para contároslo todo.

Ya estoy en Madrid, claro; mi mujer vino el sábado a recogerme al aeropuerto con mi hija Ana y mi asesino despiadado, Woody, que me hizo un recibimiento loco, escatalítico, como si se fuera a desarmar de contento. Tuve que llamarle la atención: un asesino no hace esas cosas en público. «¡Contente!«, le dije. La frialdad hace al canalla.

El viernes, no quiero parecer más pesado de lo habitual, era lo que me tocaba según el programa del Festival, fui de nuevo a La Alianza, a la fábrica de Ernesto Pérez Carrillo. Bien contento que fui, no voy a negarlo, que volvería a ir hoy y mañana. Me encanta Ernesto, lo que hace y cómo lo hace.

Además, el tour de la fábrica lo daba mi súper-panilla, mi hermano pequeño, Emmanuel Díaz, responsable de márketing de EPC:

Pude reencontrarme, después de mucho años, con una mujer impresionante, alta, estilosa, cubana y con una larga experiencia en esto del tabaco: Hilda Baró, a la que conocí en 2002, y ya me impresionó, como directora de la fábrica de Partagás, en La Habana, hoy directora de la fábrica de EPC. Otra garantía.

Y, además, pude asistir a algo largamente deseado: el seminario de cata de José Blanco, que me llama primo y es, por supuesto, otro honor del que me gusta presumir.

Decir que José Blanco es el señor que más sabe de tabaco es un exceso que sé que él mismo rechazaría, pero desde luego estamos ante el que mejor lo explica, que no es poco. Es un gran comunicador. Y su seminario es una gran verdad tras otra, así se lo dije cuando terminó y, no es por nada, pero está muy en la línea de Burkina [J’Adore] The Revist con frases como:

«Lo único que puede estropear un gran cigarro es fumarlo con un gilipollas«.

«Los sabores son subjetivos: fumar es una experiencia personal«.

El seminario es participativo, es decir, invita a todos los presentes a dar libremente su opinión sobre lo que están fumando que, por cierto, es este cigarro tan especial conocido como el «barber pole cigar»…

Me gusta que la gente comprenda que esto de fumar no es un trivial ni una competición a ver quién sabe más, sino una experiencia personal en la que la respuesta siempre es correcta. Quizá la parte más difícil es la de adivinar las capas, pero no los sabores que proporcionan a la fumada, porque lo que queda claro a todos los participantes del seminario es que la capa del cigarro no es un mero adorno, como tantas veces se nos ha dicho en España, sino que es definitiva para el resultado final del cigarro. El «barber pole cigar» (cigarro de palo de barbero) comienza con una capa Connecticut Ecuador que, en mi opinión, es levemente amarga y aporta la sensación oleaginosa de los frutos secos; después da paso al dulce de una capa Negrito San Andrés, de México; la tercera, que da especias y dulce, es Arapiraca, Brasil; en cuarto lugar un dulce más intenso con una Broadleaf Maduro estadounidense y, al final, sensaciones más terrosas de una capa habano Ecuador.

Conclusión: la capa es definitiva. Yo no me atrevería a decir el porcentaje de influencia en el resultado final. Huyo de toda precisión, pero desde luego tiene mucho peso.

Quizá de las mejores cosas que dice José Blanco es la lista de características que hacen un buen cigarro premium, que son seis. Ojo, no son siete, ni ocho ni, desde luego, nueve. Según mi primo son seis: sabor, aroma, fortaleza, complejidad, balance y largura (de sabor en boca). La marca no es una característica; el precio, tampoco; la ubicación geográfica de la fábrica, tampoco.

Y es que es cierto que el único cigarro que es una mierda es el que no tira. Lo demás es subjetivo.

Una gran visita que culminó con un sancocho, al que yo le daría un rating de diez, ese aguacate dominicano que, al lado del que solemos comer en España, es extraterrestre y un «puelquito» asado con arroz y guandules que, en fin, ¿qué os voy a decir? Vedlo vosotros.

Esto es Procigar: una experiencia plena.

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