Rematar el curso

Voy a rematar el curso, que va de octubre a octubre, con un septiembre de Obertura 1812 de Tchaikovski. Cañones incluidos… O, precisamente, por los cañones y ese tema de La Marsellesa de fondo que a los que somos napoleónicos nos emociona tanto.

De momento he trasladado mi despacho aquí. Ahora os lo cuento, porque una imagen no vale más que mil palabras, pero me encanta dar por saco un poco.

Y, ahora, en un rato, voy a bajar a desayunar como el Virolas, es decir, como el gordo disfrutón en que me he convertido, un Falstaff oceánico, y me voy a subir de nuevo a esta terraza con un café un H.Upmann Half Corona que me hace pensar que es verdad lo que dice mi amigo Javier Rodríguez Lera, que «La Habana es Cádiz con más negritos y Cádiz, La Habana con más salero«.

Vitola de galera: Half Corona (90 mm x 44).
Fortaleza: media.
PVP en estanco: 4’20 euros. (Precio a 2 de septiembre de 2019, pero puede variar).

Sobre esta pequeña joya de Media Horica, puedes leer esta entrada en Burkina [J’Adore] The Revist

Y a vivir, que el día promete.

Me he venido una semana a Cádiz a un hotel maravilloso que se llama La Casa de las Cuatro Torres, entre el puerto y la Alameda Apodaca, pegado a la Plaza de España, a un paso del centro de la ciudad y a dos de América que casi se ve desde su azotea. Es un hotel boutique precioso, lleno de los pequeños detalles que hacen del lugar un sobresalto de admiración tras otro, además de las mejores vistas de Cádiz y, por supuesto, una puesta de sol que proporciona una sensación tan irreal que me gusta pensar que, admirándola yo solico desde la torre del hotel, el astro rey me ha abierto la puerta del ensayo general anterior al estreno.

Rabiad… O venid a echar un fin de semana. LA CASA DE LAS CUATRO TORRES.

Me pregunta mi mujer que qué quiero hacer esta noche y yo lo tengo clarinete: subirme a la torre a fumarme un puro, que la ocasión me la proporciona el ocaso así que no voy a ser muy exigente, mientras el sol me dice hasta mañana convirtiéndose en un gusano de lava sobre el horizonte.

Ya -me contesta- ¿y qué hago con los niños mientras?
Tengo puros para ellos también. ¿Cuál es el problema?

Un toro, un palo cortado

El plan es subir a eso de las nueve, armado con un palo cortado, que me entusiasma, y un cigarro de formato toro, más o menos, que a mí me viene a durar una hora, y saborear la puesta de sol desde una de las torres con una música seria de fondo, algo en plan el Requiem Alemán de Brahms. Los niños pueden aprender a sentir la belleza del momento (sin puro, claro) conmigo, y yo voy a hacer lo posible para que lo comprendan, pero, si piensan que son las gilipolleces de papá, tienen wifi para idiotizarse un rato con el móvil.

Pueden sobrecogerse en silencio con lo real, pero intangible, porque no se puede ampliar moviendo dos dedos sobre un cristal ni rebobinar ni congelar la imagen. Es como la vida misma: sucede, se disfruta y se acaba. O pueden aferrarse a su pequeño remedo electrónico idiotizante, su muñeca hinchable de realidad, desde la que se puede ser testigo hasta de la erupción del Krakatoa.

Yo conozco a muchos de más de 40 años que siguen allí, en el Krakatoa, y son felices. Pues eso es lo importante: ser feliz. Yo lo soy con mi mujer, un puro, un vino y un ocaso.

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