Un asesino en serie

(Abandonad toda esperanza).

Para Jesús Llano Muriel,
quien con su inagotable ingenio
inspiró este relato.

Antes de empezar el relato, os recuerdo a todos los fumadores que el año pasado, 2018, y por sexto ejercicio consecutivo, pagasteis al Estado 9.000 millones de euros a través de los impuestos indirectos del tabaco.

El gasto sanitario total del Estado en 2018 fue la mitad: 4.500 millones de euros. El de educación, menos de un tercio: 2.600 millones de euros.

El presupuesto completo de la Región de Murcia son 5.500 millones de euros. El de La Rioja, 1.500 millones.

UN ASESINO EN SERIO (abandonad toda esperanza)

Mi nombre es Javier Ortiz de Zárate y soy asesino en serie. Lo digo completamente en serio. Tan en serio, que estoy por acercarme al juzgado de  lo penal a entregarme directamente al juez. Recuerdo el estremecedor comienzo de “Koba el temible. La risa y los veinte millones”, la biografía de Stalin escrita por Martin Amis, cuyas primeras líneas, por no andarse mucho por las ramas, dicen:

He aquí la segunda frase de The harvest of sorrow: Soviet Collectivization and the Terror-Famine de Robert Conquest:

“Quizá podríamos poner en su justa perspectiva el presente caso diciendo que se perdieron veinte vidas, no por cada palabra, sino por cada letra que hay en este libro”.

Esta frase representa 2.700 vidas. El libro tiene 411 páginas.

“Comían boñigas de caballo, entre otras cosas porque solían contener granos de trigo enteros” (1.540 vidas)”.

Y aún continúa unas cuantas líneas más trenzando esa matemática de la muerte que si bien levanta un ilustrativo atestado del cataclismo humano que fue la dictadura estalinista (y la leninista), en cierto modo, resta valor a la vida misma enfriando la tragedia en un mar de cifras. Siempre me ha gustado ese inicio. Es un huracán arrollador, casi podía acabar ahí el libro, pero da la razón a Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, con este puto nombre impronunciable no me extraña que se hiciera llamar Koba o Stalin, frío y duro como el acero, cuando se le atribuye la frase: “Un muerto es una tragedia. Un millón, una estadística”.

A su lado, soy un principiante, pero poco a poco me voy acercando a esos guarismos impresionantes: yo soy estanquero. Vendo cigarrillos y puros. Mis clientes llegan suspirando hasta el otro lado de mi mostrador como quien se asoma a un precipicio. Vienen sonriendo, porque saben que yo les haré una gracia, a comprar muerte en pequeñas dosis.

He aquí mi propia matemática del terror. El ministerio de Sanidad asegura que, cada año, mueren en España 56.000 personas por culpa del consumo de tabaco, de los que unos pocos miles son no fumadores. Aunque no todos son míos, claro. Los estanqueros somos un colectivo de 13.000 asesinos en serie. Tocamos a cuatro muertos por barba al año, más o menos, en un reparto puramente aritmético en el que no se consideran las ventas de cada estanco, que se mueven en una horquilla bastante amplia de rendimientos.

Es más complicado aún, porque los estancos de frontera venden mucho, pero están más especializados en matar franceses, mientras que los de costa, por aquello del turismo, asesinan alemanes e ingleses, sobre todo… Algún holandés perdido, de vez en cuando… Belgas, daneses, suecos… Mucho ruso últimamente. Por eso una simple división es poco fiable para aproximarse de una manera cierta al cálculo exacto de muertos por estanco, porque los extranjeros no entran en la cifra del ministerio que representa una escabechina meramente doméstica. Esos sumarán en su país de origen cuando caigan, aunque los envenenemos en España.

Pero haciendo la cuenta de la vieja, si consideramos que mi carrera criminal comenzó hace más de veinte años, que mi estanco está en Madrid en una zona que tiene escaso público foráneo y que mi nivel de ventas está por encima de la media…

Al, con toda probabilidad, asesino en serie más famoso de la historia, Jack el Destripador, cuya identidad nunca se supo, se le atribuyeron cinco asesinatos. ¡Cinco! Lo que yo me ventilo en un año. Y al Estrangulador de Boston, trece… ¿Qué son trece muertos para mí? Dos años y medio de bromas tras el mostrador. Todavía Andrei Chikatilo, el Carnicero de Rostov, lo más parecido al Hombre del Saco pero en eslavo, que secuestró, violó y asesinó cruelmente a cincuenta y tres niños, se me acerca un poco. Aunque tampoco hay comparación posible: yo no trabajo con menores. Está el francés aquel, Petiot, que, ironías de la vida, se hacía llamar capitán Valéry, no sé si porque tenía montado su propio cementerio marino en casa. El tipo se hacía pasar por miembro de la Resistencia Francesa para atraer hasta su cueva a judíos ricos franceses con la promesa de que los sacaría del país, que los pondría a salvo de la persecución nazi. Una vez allí, en su pequeño Treblinka, dotado incluso con una cámara de gas con mirilla desde la que Petiot espiaba con deleite el paroxismo final de sus víctimas, los desvalijaba, descuartizaba y arrojaba sus restos, por supuesto, a la chimenea. Sesenta y tres muertos. Un aficionado.

Calculo que yo habré asesinado, tirando por lo bajo, a unas doscientas personas de forma sistemática, con premeditación, alevosía y, casi casi, ensañamiento, siempre con la vista puesta en el largo plazo, sin premura, que las prisas son para los malos psicópatas. Al contrario que estos pirados, que buscaban en el asesinato el placer de la inmediatez, el aquí te pillo, aquí te mato, yo voy paquete a paquete, sonriendo a todos mis clientes, regalando piruletas a los niños que acompañan a sus padres a comprar tabaco y haciendo bromas con ellos. Un sádico en toda regla. Soy el típico “nadie lo habría dicho”. Cuando me entregue y confiese mis crímenes, mis vecinos aparecerán en los telediarios con cara de sorprendidos, aliviados por salvar la vida a pesar de haber estado tan cerca del asesino sin saberlo, de ese monstruo al que, al final, han arrancado su careta humana. Ya me parece estar viendo al chaval joven que vive en el piso de arriba diciendo: “Aún no lo puedo creer. Es un tío muy simpático. Una vez, hicimos una fiesta en casa y como no podía dormir por el ruido, subió en pijama, llamó a la puerta y nos advirtió de que estábamos montando mucho follón y que había dos soluciones: o llamaba a la policía o le poníamos una copa. Lo hicimos pasar y fue el alma de la juerga hasta las seis de la mañana”.

Soy un criminal. Ya veo mi nombre en los anales de la historia, o en wikipedia, junto a la frase atribuida: “Un muerto es una tragedia. 56.000 una estadística”.

Tan asumido tengo mi papel en el mundo que he hecho grabar y enmarcar el “Lasciate ogni speranza voi ch’entrate” de Dante, para colgarlo sobre la puerta de mi cava de puros. A decir verdad, a pocos clientes les dice algo la inscripción. Cuando llega uno que sí conoce el origen de la cita y su significado, le explico que, como según el ministerio de Sanidad soy un asesino en serie, entrar en mi cueva supone cruzar el umbral del mismo infierno. Pero eso no los frena. Al contrario, entran riéndose e, incluso, compran más. Y a los que, sin saber nada de la frase, preguntan por su significado, sólo les digo que es una manera amistosa de dar una cálida bienvenida en italiano. Satanás tiene que ser un tipo simpático. Con charme.

En una ocasión, entró un cliente en el estanco con paso decidido, un señor de unos cincuenta, pequeño y delgado, vestido con un traje gris con chaleco y corbata y con cara de haber recibido lo suyo tanto en el colegio como en la mili. Un bigotito hormiguero adornaba su labio superior, una fila diminuta de pelo casposo y polvoriento como el de los antiguos adeptos al régimen franquista, y unas gafas más pasadas que un yogur del Pleistoceno ejercían claramente una severa presión sobre su nariz ganchuda y borraban su mirada convirtiendo sus pequeños ojos en apenas dos rayas negras. A pesar de su indumentaria, aparentemente  impoluta, los cristales de sus gafas mostraban al contraluz una gruesa película grasienta y sus zapatos estaban sucios. Nunca antes lo había visto por mi tienda. Parecía un pajarito con gafotas. Habría apostado que era la primera vez que entraba en un estanco, porque su aspecto decía a las claras que era un hombre que aún tenía pendientes, a pesar de su edad, muchas primeras veces de muchas cosas buenas, pero malas, de la vida.

– Buenos días – dijo correcto con un tono nasal que me recordó, de inmediato, al asesino de “El silencio de los corderos”. Cinco gordas despellejadas. Otro aficionado.

– Buenos días – contesté.

– ¿Cuál es el tabaco más fuerte que vende usted? –me preguntó sin rodeos. Casi me sentí violado, como si me hubiera dicho “¿En tu casa o en la mía?” sin invitarme a una copa ni más preliminares.

– ¿Es una encuesta o es que usted me ve tanta cara de vicioso que presume que he probado todos los tabacos que hay en el estanco?

El cliente arrugó su apostura inicial, abriendo un poco la boca perpleja.

– Perdone, yo pensé que…

– Era una broma, hombre –corté su disculpa–. Tengo unos cigarrillos cubanos que rompen el pecho cuando entran como los antiguos Mataquintos. ¿Se acuerda usted de los Mataquintos?

– No, la verdad – confesó tímidamente–. Yo nunca he fumado.

– ¡Ah! ¿Quién lo diría?

En dos zancadas, fui al almacén y volví rápidamente con un cartón de Popular, temiendo que el pajarito gafotas hubiera volado. Pero allí seguía erguido, con sus deditos colocados sobre el borde del mostrador como si estuviera posado en la rama de un árbol.

– Este es. Es bastante fuerte, aunque no tanto como el original, el que se vende en Cuba– no habría probado las mil setecientas referencias de venta en mi estanco, pero sí  todos los demás tabacos del mundo.

– De acuerdo– dijo–. ¿Qué cuesta?

– Tres con ochenta, pero por ser usted – contesté–. Estamos de saldo.

– ¡Ajá! ¡Muchas gracias! ¡Qué barato! – afirmó con tono agradecido, como si fuera cierto que le hacía precio especial–. Me lo llevo –dijo sacando de su bolsillo un monedero de cuero cuarteado, probablemente herencia de su abuelo, de esos con forma de media luna que, cuando se abren arrojan casi todo el dinero sobre  la tapa dura pero aún obligan a hurgar dentro con la garra en busca del cambio exacto. Sobó las monedas una a una, como un ciego que al tacto quiere confirmar su valor, y las fue poniendo sobre el mostrados en perfecta fila.

– Aquí tiene: tres euros con ochenta.

– ¿Quiere usted una cajetilla? – enseguida me di cuenta de que no me había entendido.

– ¡No, no! Me llevo el cartón entero.

– ¿El cartón? La cajetilla son tres ochenta. El cartón, treinta y ocho euros.

El malentendido acabó de confirmarme que, efectivamente, aquel hombre acababa de regresar a la Tierra después de un periplo espacial que había durado no menos de cincuenta años, desde que fuera abducido por extraterrestres en los años sesenta. Una cosa es no fumar y otra, muy distinta, creerse que una cajetilla de tabaco vale cero con treinta y ocho céntimos.

– ¡Ah! Bueno… Esto… Discúlpeme… Yo pensé que… – dijo titubeando, extremadamente correcto, pero sin sombra del aplomo con que había hecho su entrada en el estanco. Recogió las monedas una a una para guardarlas de nuevo en su monedero antes de sacar del bolsillo interior de la chaqueta una enorme cartera, también de cuero cuarteado, de la que extrajo un billete de cincuenta euros–. Tome. Discúlpeme.

– No pasa nada, hombre. Ya me había dicho que usted nunca ha fumado, aunque ahora me doy cuenta de que lo que le pasa es que usted nunca antes había comprado tabaco – de ir de putas, ni hablamos, pensé pasando el cartón por el lector de códigos de barra que emitió un seco pitido. Cogí los cincuenta euros y le devolví su cambio y, en lo que el cliente ceremonioso volvía a sacar su cartera y su monedero y guardaba cada pieza y cada billete ordenadamente en su correspondiente sitio, metí el cartón de Popular en una bolsa de plástico.

– Sí, la verdad. Yo nunca…

– Ni que lo diga. Tome –le dije alargándole la bolsa y metiendo en ella, ante su nariz picuda, un mechero de los chinos–. Un regalito.

– ¡Ah! Bien… Muy agradecido– contestó agarrando la bolsa justo por debajo de mi mano y mirándome fijamente a través de la niebla aceitosa de sus cristales con ese par de rayas negras. Esbozó una sonrisa tímida que, de pronto, me iluminó.

– No irá usted a suicidarse, ¿verdad? – le pregunté sin soltar todavía la bolsa.

– ¿Perdone? ¿Cómo dice?

Yo soy asesino en serie, pero no idiota. Tengo un negocio. Nunca he sido partidario de que la gente se inicie en el tabaco empezando por lo más fuerte. Es como querer que un niño se aficione a la lectura dándole “El hombre sin atributos” de Musil. Soy más partidario de que mis clientes comiencen con labores suaves para ir, poco a poco, subiendo la dosis de veneno. La muerte está garantizada, en cualquier caso, pero en el proceso se dejan un dinerito en el estanco. Lo necesito: mis hijos también comen y mi ex mujer me desangra mes a mes.

– Usted dirá. No ha fumado en su vida y se lleva un cartón de rompepechos así, sin vaselina, para empezar…

– ¡Aaaah! – y por fin conseguí que mostrara su risa de gorrión, compuesta de breves jijis en estacato–. No, no. Es para mi mujer. Le gusta el tabaco fuerte.

– ¡Ah, bueno!– e imaginé que su señora sería grande, gorda y alta, rubia y repeinada con un abultado moño, maquillada como un cuadro de Paul Klee y con una mala leche reconcentrada capaz de amilanar al mismísimo Stalin–. Si es para un parricidio, se lleva usted el tabaco ideal, aunque nada como un buen revólver.

– ¡Ji ji ji! ¡Qué cosas dice usted! – soltó una exclamación entreverada de risitas–. ¡Qué sentido del humor! Bueno, me voy. Encantado de conocerle.

– Igualmente –le contesté soltando por fin la bolsa.

– Y gracias por el mechero.

– De nada, hombre. Si su mujer sobrevive al Popular, siempre puede volver a por más. Tengo unos puros letales. Ésta es su casa.

– ¡Ji ji ji! De acuerdo. Muchas gracias – y añadió–. Por cierto, mi nombre es Virgilio.

– ¿Virgilio? ¡No joda! Le viene al pelo.

Lasciate ogni speranza voi ch’entrate”. Vosotros que entráis, abandonad toda esperanza.

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