Una lusitania, tal vez más

Tengo un lío últimamente que no sé qué gorro ponerme.

El de cocinero: hoy toca marmitako de salmón. Riquisísimo me sale. Me lo piden mucho los míos.

El gorro de padre, que es hasta donde estamos los padres de adolescentes capulllos y listos (y guapos, claro como su padre).

El gorro de lana para pasear por el ya gélido otoño de Tres Cantos a mi perro asesino.

Hoy, el muy cerdo se ha comido medio conejo que cazó ayer un galgo, de nombre Neru, y que había dejado a la mitad. Va en serio. Tengo un vídeo. No ha habido manera de que lo soltara porque a mi perro le gusta mucho el conejo, que es lo que tiene responder al instinto. Tanto ha sido así que, al final, le he dado un vaso de vino y un trozo de pan y le he dicho: “Vale, cómetelo, cabronazo, pero con pan y vino que si no se van a pensar que somos de Gibraltar”.

Tengo el gorro de autónomo adeudado penitente, que es un capirote (el del tonto de…) y es que el papeleo me mata y más cuando ando de peleas con el banco más (poned el adjetivo vosotros) de este país, que es el Banc Sabadell.

Otro gorro académico para seguir traduciendo las obras completas (del pedorro) de  H.P. Lovecraft al castellano.

Y tengo la gorra de tabaquero, que no sólo es Burkina, que de eso no como, son las colaboraciones, planes de futuro, proyectos presentados, proyectos a punto de presentar, visitas, eventos, fumadas y mamoneo en general.

Total: que estoy muy “liao”, mucho, y prácticamente “pa’ná”, porque a ratos me da la sensación de que mi esfuerzo no da el fruto deseado. Mi banco está de acuerdo conmigo.

Ayer, sin embargo, saldé una pequeña deuda de amistad que tenía con Pedro Merino y es que hacía tiempo que tenía reservado para él un cigarro muy especial. Un habano, sin vitola de galera, del tamaño de una Lusitania (194 mm x 49) pero quizá con cepo 52; un habano sin marca que llevaba en mi casa desde el año 2002. Este:

En 2002 fui al Festival del Habano, a Cuba, por primera vez. Yo iba con la revista, La Boutique del Fumador, que era quien me pagaba el viaje, pero allí el entonces director nacional de ventas de cigarros de Altadis, Eduardo Mencía, me agarró del brazo y me metió con un grupo de estanqueros españoles que también asistía al festival y me hice todo el viaje con ellos. Fue entonces cuando conocí al que es ahora uno de mis amigos más queridos, Jesús Llano, de la Cava de Cardenal Cisneros, que me dejó ya entonces deslumbrado por su mucho conocimiento y por su enorme simpatía. Recuerdo la primera vez que hablé con él perfectamente. Fue en la puerta de la sala de conferencias del festival, en el recinto ferial de La Habana, y todavía cuando la memoria me devuelve ese rato, me duele la tripa de reírme. Grande entre los grandes, Jesús Llano Muriel. Te quiero, Jezúúú.

Mi mujer, que vino conmigo, y yo no teníamos programa de visitas y cenas, como los estanqueros. Nosotros íbamos por libre y la noche del martes al miércoles de esa semana, se celebraba la cena del Club Epicur en el Club Habana, en la Quinta Avenida, cerca de la Marina Hemingway. Nosotros no estábamos invitados y no pensábamos ir. Nuestra intención era darnos una vuelta o cenar en un paladar, pero Eduardo y Antonio Castellanos, otro gran tipo, se empeñaron en que teníamos que ir con ellos.

Sin invitación.

– No os preocupes por eso- , dijo Antonio-. Pegaos a mí.

Y así conocí el lujo colonial y decadente del Club Habana de La Habana. En aquella cena, por desgracia, hubo problemas de aforo, a los que mi mujer y yo contribuimos inocentemente, pero Cuba tiene ese poder resolutivo de improvisación que hace que donde cenan 180, pueden cenar igual de bien y cómodos 200.

Siempre resuelven.

A mi mujer y a mí nos tocó sentarnos en la mesa con Armando Rodríguez, director entonces de la fábrica de  José L. Piedra, que me regaló unos “armanditos” pirámide que estaban muy buenos, y con un señor mayor, cubano, que, con muy cubana gentileza, se empeñó en darme a probar un cigarrillo de los suyos, cuando me vio echar mano de mis luckies. La marca era Popular, negro, pero el cubano, no el que vino a España años después. Era un tabaco del color de las juanolas con una fortaleza del estilo de aquello que en España se llamaba antaño un “rompepechos” o un “mataquintos”. Un crecepelo pectoral. Una lijadora de tráqueas…

– ¿Te gusta? – me preguntó

Por pura cortesía, de mi garganta herida y de mis cuerdas vocales irritadas surgió un desgarrado “Sí, sí, muy bueno” en staccato que sólo me sirvió para que el buen hombre se empecinara en obsequiarme con otro rascabronquios cada vez que iba a encenderme un Lucky.

– Pero, ¡toma, hombre! Fuma de esto que en España no lo puedes conseguir- tampoco lo iba a intentar.

Disculpad que me haya alargado un poco. Estos recuerdos, y algunos más, han estado contenidos en el cigarro que se repartió en aquella cena de hace más de 16 años. Un habano elaborado ex proceso para el Club Epicur, para ese evento, parecido a una Lusitania, quizá un poco más grande, y seguro que con más cepo. Un cigarro de una fumada larga, de más de dos horas, imaginad si da tiempo a almacenar recuerdos en su ceniza. Muchos megas.

En aquella cena, por supuesto, me dieron dos cigarros. El mío, que me lo fumé, y el de mi mujer, que se vino para España y ha esperado su hora, en mi humidor, durante todos estos años.

Sinceramente, estaba convencido de que poseía algo que ya era único y, por tanto, no tenía sentido fumarlo, porque no era posible compartirlo. Sin embargo, estaba confundido. El año pasado, otro buen amigo, Pepe Martínez Franco, me obsequió con unos cuantos cigarros vintage de su selección personal (que debe de ser inabarcable, inmensa, como la experiencia y la sabiduría del maestro): un Davidoff Nº2 cubano, un Zino Panetela original y alguno más, entre los que me mostró, con una enorme sonrisa, el cigarro exclusivo de la cena del Club Epicur en el Club Habana durante el IV Festival del Habano, en 2002. Claro, él también había estado en aquella cena.

Lo acepté y cerré el círculo. Era la pareja que esperaba el mío. El mismo cigarro, sí, pero criado en otro humidor, con otros recuerdos almacenados.

Ayer, culminamos los 16 años de añejamiento con el momento cenital de su encendido.

Sí, yo salgo muy feo en la foto, pero mejor así que después no me quito a las chicas de encima cuando voy por la calle. Se ponen muy pesadas. Pedro, sin embargo… Además, es movember.

Al principio, a pesar de que le hice un corte chiquitín, el cigarro resultó muy suave y amaderado, mucho, claro, después de tanto tiempo en el humidor se había impregnado del aroma del cedro. Pero el fondo seguía siendo cubano, dulce, contenido y su paso por nariz era muy delicado, pero dejaba huella. Amable y sabroso. Sin embargo, según fue avanzando la fumada y el cigarro se fue calentando, iba creciendo en fortaleza y prestaciones, de forma que después de más de dos horas fumando, el habano había ido quemando sus mejores memorias e introduciendo metales y percusión, timbales, campanas de iglesia, golpes de platillo y muriendo en lo más alto, como una gran sinfonía. Pedro se fumó hasta la uña. Yo, un poco menos, porque el mío estaba un poco duro de tiro… Tiraba, pero iba un poco más lento.

Nos regaló un buen rato, ésa es la verdad porque para eso sirve un cigarro. Y su cumple bien su función, y te alarga el tiempo durante dos horas y pico que se hacen cortas, es que era un buen cigarro.

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